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Las manos

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Juan David Correa Ulloa
19 de septiembre de 2008 - 01:38 a. m.
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Se tiene la falsa sospecha de que los genios siempre lo fueron. A veces olvidamos que detrás de cada gran libro, escultura, pintura o cualquier manifestación artística, hubo simples hombres con pasiones tan parecidas a las nuestras, que recordarlo resulta saludable.

Las buenas biografías siempre vuelven a descubrirnos la inexistente frontera entre vida y obra, así muchos insistan en que las obras deben pensarse sin tener en cuenta los nombres. Por eso, Auguste Rodin: Pensar con las manos, escrito por el ensayista y poeta Carlos Vásquez-Zawadzki, nos descubre cómo la vida del escultor francés es inherente a su convicción y producción como artista.

Vásquez ha sido durante muchos años un estudioso de la historia del arte, la literatura, el psicoanálisis y la dramaturgia. En su biografía sobre Rodin aparece ese saber. El suyo es un libro que nos muestra a un Rodin complejo. Un hombre que antes de convertirse en el escultor vivió una existencia de rechazos: en el colegio, pues tenía problemas de aprendizaje; en la Escuela de Bellas Artes, en donde no lo aceptaron, y entre sus contemporáneos, que lo acusaban de moldear sus esculturas sobre sus modelos directamente. Pero también un convencido de su propia vocación, un persistente de su tiempo que logró, gracias a su empeño, convertirse en el primero de los modernos.

Rodin conoció la gloria sólo después de la edad madura y entre tanto se dedicó, con una constancia descomunal, a probar que sus manos eran capaces de iluminar la historia del arte, dándole una nueva dimensión a las formas. Para el artista lo importante no era crear belleza en sí misma, sino intentar lo imposible: trasladar el alma de nuestra naturaleza a la escultura. Dotar de vida al yeso, la arcilla o el mármol. Insuflarle aliento a lo inerte.

Vásquez, claro está, no obvia sus historias más conocidas con Camille Claudel y Gwendolen Mary John; sus desavenencias con su mujer Rose; la distancia con su propio hijo y las resistencias que siempre tuvo que enfrentar en Francia. Pero va más allá: su libro es un homenaje que intenta mostrar las claves de un artista que como muchos comenzó siendo un incomprendido y terminó sus días como un hombre capaz de atravesar el tiempo con sus obras. Obras que hoy están en Meudon, en el Hotel Biron de París y en decenas de museos alrededor del mundo, para recordárnoslo.

La gracia del libro de Vásquez-Zawadzki es que, además de breve y didáctico, es apasionado y documentado. Mezcla el ensayo con la biografía para invitar a los probables lectores a indagar con mayor profundidad en las obras de un hombre que intentó revelar la conciencia a través de los rasgos.

Pensar con las manos: Auguste Rodin, Carlos Vázquez-Zawadzki, Panamericana.

ojoalahoj@yahoo.com

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