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Hace poco, al terminar Yo maté a Sherezade, el más reciente libro de Joumana Haddad, poetisa, editora y periodista libanesa, me preguntaba cuán poco sabemos unos de otros en este mundo presuntamente globalizado.
Las crisis del día nos dicen que países como Túnez, Egipto, Siria y el Líbano mismo, arden en protestas sociales por cuenta de gobernantes que se han prolongado en el poder por décadas. Esas noticias, como las de la guerra del Líbano con Israel, cuando Haddad era apenas una niña, se quedan en eso: en despachos en los cuales vemos miles y millones de personas que podrían estar en cualquier parte, sin importar su geografía, pues realmente no las vemos: son una foto, apenas una imagen que no podemos digerir.
Tal vez de eso se trata escribir. Quizá consista en dar cuenta de un mundo privado que ningún medio de comunicación puede transmitir. Y en Yo mate a Sherezade, una proclama, un alegato teñido de autobiografía, uno siente, precisamente eso. Haddad abre un debate sobre lo que nosotros, los occidentales, pretendemos saber de un universo de 240 millones de personas que, suponemos, son todas iguales: fanáticos religiosos, cuando menos; millonarios petroleros cuando más. Si eso sabemos de ciertos estereotipos, sigo a Joumana, ¿qué conocemos de las mujeres en ese mundo que contiene decenas de credos? No mucho, cree Haddad. Nuestro prejuicio es que son mujeres condenadas a velarse el rostro y a vivir oprimidas por cuenta de regímenes autocráticos y machistas.
Haddad cree que ese no es el único modelo, y para la muestra está ella: una mujer independiente, culta, que aprendió el valor de la crítica en medio del autoritarismo; una lectora multilingüe que se precia de haber roto con los fantasmas de una lengua metafórica que teme llamar a las cosas por su nombre. Una editora que publica desde hace tres años Jasad, una revista dedicada al cuerpo, en la cual subvierte cualquier destino que nosotros, los occidentales, supongamos es el de las mujeres árabes. El libro es trepidante, bien escrito, discutible en muchos de sus análisis —hay una suerte de idealismo occidentalista que parece decirnos que hay un modelo de mujer liberada en el primer mundo; hay una idea de que Scherezade fue una heroína sometida para salvar su vida, sin tener en cuenta el tiempo y el contexto de dicha leyenda—, pero es también una letanía que intenta mostrarnos la diferencia en medio de tantos presupuestos creados.
Yo maté a Scherezade, Joumana Haddad, Debate.
