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Perjuicios, prejuicios

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Juan David Correa Ulloa
03 de mayo de 2012 - 11:22 p. m.
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Hay un problema con este libro: gran parte de sus fuentes y de su estructura se encuentran a la vista, como si la idea del escritor hubiera sido dejar al descubierto las vísceras —que hay muchas— que usó para componerlo.

Comer animales, de Jonathan Safran Foer, es un largo tratado que señala la crueldad humana en contra de diversas especies tan sólo para saciar su apetito. A las consabidas y predecibles granjas de pollos, Foer suma a este panorama del perjuicio animal, las pescas indiscriminadas marinas, la brutalidad en las granjas agroindustriales porcinas, vacunas, y un largo etcétera que incluye testimonios de pequeños granjeros que se oponen a que se siga llevando a los animales a una suerte de escenario orwelliano que ya no es imaginario.

Pero hay otro problema en este libro: así como el comienzo es luminoso, y el autor nos hunde en su experiencia contándonos por qué ha decidido escribir un libro tan distinto a sus novelas —las dos llevadas al cine, Todo está iluminado y Tan fuerte, tan cerca—, explicándonos su infancia y su relación con los alimentos de la mano de una abuela judía que padeció la experiencia de los campos; una vez rebasada esa anécdota el autor decide romper ese ritmo narrativo para internarnos en un difícil y aburridor —y extenso— glosario de términos con los cuales jugará de ahí en adelante. Así, lo que se suponía iba a ser un viaje al mundo de la tortura animal de la mano de un escritor muy juicioso y serio, se convierte pronto en una colcha de retazos que me lleva a hablar del tercer problema del libro.

Y ese problema no es otro que la convicción —y el prejuicio— por parte del autor de entender y ver la realidad que se propone analizar con el ojo de quien juzga, y condena a los demás por sus hábitos. No se trata de llevar a nadie a la hoguera, el periodismo narrativo, o la no ficción, no busca sentar en un banquillo a sus personajes para que el autor decida quién es mejor; no, el verdadero cronista de la realidad describe los fenómenos, los ambientes, se ocupa de encontrar cómo decir —sin adjetivar— qué es la ofensa, la tortura, por qué todo lo que está servido en nuestra mesa proviene de una relación de mezquindad entre un sentimiento humano —la crueldad— y un padecimiento animal. Eso, me da la sensación, nunca queda claro en el libro. Lo que prometía ser una de esas crónicas que develan la realidad mostrándola, se queda en una crónica que denuncia sin mostrar nada. Y es una lástima.

Comer animales, Jonathan Safran Foer, Seix Barral.ojoalahoj@yahoo.com

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