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Hoy las novelas deben parecer todo, menos una novela. O por lo menos no depender de un dios controlador, de un titiritero insobornable, de una suerte de demiurgo omnisciente.
Si admitimos esa premisa podríamos asegurar que Malacara, la más reciente novela del mexicano Guillermo Fadanelli, es antes que nada, un alegato, una violenta expiación, quizás un intento de explicarse el melancólico y despiadado mundo que nos ha tocado en suerte y no una trama lineal, un discurso estructurado y menos, un suspense que no nos deja soltar el libro. Malacara puede ser una sucesión de aforismos dulces y misóginos, o tal vez, una manera de ponerse en cuestión. No hay en estas casi doscientas páginas un ápice de concesión a los lugares comunes: todo lo que aquí se dice, se contradice en la página siguiente. Pero vamos por partes.
En primer lugar, Fadanelli es uno de los escritores contemporáneos en Latinoamérica que no ha caído en la tentación de contar la gran historia, sino en crear y comprometerse con una voz propia. Su estilo, sin duda cáustico y plagado de metáforas inteligentes, es un hallazgo para quien quiera que ame la literatura. Podría uno decir, siendo algo desenfadado, que comparte con Lichtenberg una manera de decir el mundo: sus frases cortas van despedazando la realidad hasta poder nombrarla. Sus ideas pueden interpretarse como juegos simples, pero son una búsqueda por hallar algo de luz en el lenguaje. Y lo consigue.
Lo hace de una manera sorprendente: toma a un personaje en la madurez, un tipo encerrado en el DF que no hace otra cosa que mirar por la ventana de su estudio, beber whisky o soñar con las piernas de las nínfulas del colegio de la esquina y, a través de él, de Orlando Malacara, cínico espurio, es decir, bastardo e ilegítimo, nos concede el placer de asistir a una novela extraña, rara, que no encaja en los cánones, que le tuerce el cuello al cisne y en vez de valerse de recursos cinematográficos, usa la literatura como fortín. Malacara es un círculo (infernal) en el que uno nunca sabe dónde comienza, ni dónde termina el argumento. El personaje, habitué de las cantinas, enamoradizo enfermo, y falso metafísico, se dedica a vendernos su filosofía de vida de principio a fin: “Como si decidiera vestir el atuendo de un bufón anacrónico, permito que mis impulsos se expresen sin preguntarme acerca de su valor y, en caso de remordimientos por los actos cometidos, me tranquilizo pensando que un día estaré bien muerto”. Segundo golpe de la novela.
Y no hay un tercer lugar en esta reseña, porque lo que habría que resaltar, además, son aspectos varios, pincelazos brillantes y, sobre todo, un discurso rabioso y honesto que buena falta le está haciendo a nuestras letras. No lo hace, he de aclarar, a la manera de una mala copia del Chinaski de Bukowski, sino que encuentra en su anarquismo a ultranza asuntos como: las mujeres, a quienes pinta de manera magistral y a quienes ama con veneración sin negar su misoginia implícita; la educación, a la que no le concede ningún valor, salvo el de la retórica inocua que no lleva a ninguna parte; las ciudades, a las que trata como jaulas de ratas; los viajes, que parafraseando a Rubem Fonseca, son ejercicios sin sentido para conocer gente idiota que habla en otros idiomas; la familia, cuyo recuerdo es preciso pero siempre prescindible; o el sexo, que no hace más que impelernos hacia delante sin destino fijo. Esas son sólo razones liminares para asomarse a este libro que puede dejarse cuantas veces quiera de lado, que no necesita que se lo lea de un tirón, que ha buscado explicarnos –sin pretenderlo– algo de lo que somos: “Cuando me vi abandonado en medio de un mar de rostros acongojados, me enteré de que había nacido y de que viviría dentro de una lata de sardinas: siempre en medio de pescados con olor a conserva, pequeñas sardinas de ojos saltones, capas amontonadas en una red. Un resorte umbilical me había expulsado del cómodo vientre de mi madre y me arrojaba a ese impersonal solar de cemento (...)”.
‘Malacara’, Guillermo Fadanelli, Anagrama.
ojoalahoj@yahoo.com
