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Con Sábado, una novela de Ian McEwan publicada hace cinco años, muchos de sus críticos no se sintieron conformes. Y no parecían estarlo porque Henry Perowne, el neurocirujano protagonista de esta novela, era supuestamente un personaje feliz, con el cual McEwan se alejaba de las intrigas de novelas como Expiación, Niños del tiempo o Ámsterdam.
Pues bien: Sábado no es una novela sobre un hombre feliz. Es una construcción precisa, de una ambición literaria que quizás la ponga al lado de clásicos que aún no lo son por la falta de perspectiva en el tiempo. La voz de su protagonista, del saludable y feliz señor Perowne, ese positivista y pragmático hombre que solo conocemos por un día que parece contener la vida, es tan pasmosamente lograda que uno, como lector, pronto comienza a ver con ojos quirúrgicos el mundo: todo efecto tiene una causa y una explicación clínica. El tono de la novela es tan verosímil, y tan complejo de lograr –mantener la tensión sobre los hombros de una conciencia que camina un día por Londres–, que no queda más que admirarse por la elegancia de las descripciones. Por la minuciosa manera de construir, en el lenguaje, una ciudad, unos personajes, unas tensiones y unos conflictos familiares menores, o mayores, que atraviesan el relato. Y que lo concluyen de manera magistral.
La historia no es del todo importante, aunque quien llegue casi sin respiración al final de la novela, comprenderá que un evento fortuito, un choque de auto, un poema incomprendido, son definitivos para la intriga. Tampoco, a mi parecer, son definitivas las correspondencias que se han querido hacer entre la novela como una metáfora del 11 de septiembre. Sí, la guerra de Irak y una enorme manifestación que cubre ese sábado del cual Perowne nos hace partícipes de su vida, está ahí; sí, el protagonista se interroga una y otra vez sobre la legitimidad de la invasión a un régimen totalitario como el de Saddam Hussein; sí, ese trasfondo existe, pero existe como una forma muy inteligente de decirnos cómo lo público invade la privacidad de una vida casi perfecta como la del señor Perowne. Sábado es una dimensión que se abre a otras dimensiones: es la indagación en la conciencia de un hombre de buena posición social, casado, con dos hijos, que tendrá que asistir al espectáculo de su propia vida un día cualquiera. Y como espectador que ha sido, la novela nos deja la sensación de que este cuento familiar es una intromisión en el mundo privado de una familia, de sus discusiones, vocaciones y dudas; de sus secretos y de sus más profundos desencuentros. En últimas, de lo imposible que resulta que las contingencias del mundo no permeen la intimidad.
Sábado, Ian McEwan, Anagrama.ojoalahoj@yahoo.com
