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Tengo una sensación encontrada después de haber leído Los salmos de la sangre, el más reciente libro de Luis Barros Pavajeau. Me parece que aquí faltó un editor que supiera empacar los textos que propuso Pavajeau con una clara intención periodística.
El libro, aparecido en la colección de literatura de la editorial Alfaguara es, en realidad, un conjunto de trece testimonios de personas infectadas con el virus del sida, y debió aparecer en un sello más afín al periodismo, de la misma casa editorial, como por ejemplo Aguilar. Aunque se me tilde de ortodoxo, creo que la edición de libros pasa por consolidar las colecciones con productos que respondan a una idea del mundo. Que en la literatura quepa todo no quiere decir que la crónica, por muy literaria que sea, pueda venderse como cuento. En fin, que es una discusión que tiene tanto de ancho como de largo, pero soy de esos lectores que abro los libros con la esperanza de encontrar lo que prometen las colecciones en las que están empacados.
Salvando esa sensación que perturbó la lectura, hay en Los salmos de la sangre, como en cualquier libro de historias de vida, unas más afortunadas en cuanto al estilo y la forma de presentarlas, que otras.
Pero hay verdaderas joyas que se alejan de la confesión y de la sensación de estar sentado en una sala de esas en donde todos cuentan una desgracia tras otra. Están los testimonios de César, Leonor, Nahla, Carlos, Patricia, Gregorio y José, por ejemplo, para mostrar cómo Barros Pavajeau hizo un ejercicio serio de escritor al saber acopiar los detalles significativos de esas vidas de cristal cruzadas por la desdicha. Porque lo que consiguió, cuando tuvo la fortuna de hilar esas voces hablando de sus propias vidas, fue revelar que el sida se padece como cualquier otra enfermedad: con la misma humanidad y el mismo sentimiento de quien se enfrenta a un secreto que ha invadido su cuerpo. Y Barros acierta al no insistir en cómo y dónde y por qué se contagiaron los personajes, sino en quiénes eran y son y qué sueñan, si aún lo hacen. En ese sentido, creo que hay un ejercicio loable de un escritor que, de seguro, se internó durante mucho tiempo a escuchar a sus personajes para darle la estructura a un libro que vale la pena, a pesar de los defectos señalados.
Los salmos de la sangre, Luis Barros Pavajeau, Alfaguara.
