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100 días en el poder

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Juan David Ochoa
19 de noviembre de 2022 - 05:01 a. m.
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Se cumplieron 100 días del periodo presidencial de Gustavo Petro: tiempo en que las grandes tormentas profetizadas por los custodios de la tradición no aparecieron, ni la caída estrepitosa de la economía a los abismos del colapso, ni la fuga de capitales hacia otras tierras de inversión paradisiaca ( no lo han hecho porque tendrían que pagar más impuestos de los obligados en su país) ni la persecución contra una oposición que ahora no tiene más que a dos pubertos sin más recursos que la algarabía y el show mediático para pavonear sus delirios: Miguel Uribe Turbay, que en toda entrevista y aparición confunde los conceptos mínimos de la economía y de la política más básica, y Miguel Polo Polo: un mamarracho narcisista que logró ascender entre la destrucción y el vacío de un partido inmolado.

Alvaro Uribe, temeroso de los tiempos que le restan en la soledad y lejos de los dominios y las influencias del poder, sabe que su único y último recurso es la moderación frente a los tiempos que lo señalan. Fue el primero en pedir una reunión con quién trató de sicario moral en tiempos de soberbia, el mismo al que intentó estigmatizar con todos los peligros de los señalamientos de la sevicia. La reunión, una semana después de la elección, solo tuvo un motivo trascendental; negociar en la fragilidad de su soledad y derrota, y forzar, con pretensiones de diplomacia y buenos términos de oposición, la seguridad de sus últimos días al margen del poder que ostentó como un patriarca de histeria y látigo contra subalternos y adversarios.

Los que aún no han entendido el viraje del tiempo son los que pretender sostener la historia de la colonia y del linaje de los apellidos de ultratumba, como lo hace ahora Enrique Gómez, quien aún no ha aceptado los 100 días del poder legítimo, intentando crear atmósferas golpistas en las calles con el general que no ha podido aceptar, tampoco, la pérdida de su uniforme y de su bastón de mando. El primer ciclo de Petro pudo sortear la reforma tributaria en el Congreso sin librarse, por supuesto, de las presiones de los partidos que decidieron unirse al Pacto por estricta conveniencia e interés. El partido liberal y el conservador, los partidos muertos que solo existen por la vigencia de las cuotas burocráticas, hicieron su trabajo para los intereses pactados de las esferas que representan, hasta la última posibilidad de la asfixia. Aun así, la reforma fue aprobada en tiempo límite y antes de diciembre, mes en que los anteriores gobiernos sin posibilidades de mandato autónomo pasaban sus proyectos entre vacaciones y ausentismos.

La tributación a las iglesias sigue estando entre los muchos pendientes de un gobierno que se ha autodefinido en las banderas del progresismo y la Constitución, sin que el papel haya podido con los ajustes postergados desde la misma colonia católica ante la que todo el paradigma de realidad se ha consagrado sin que importe demasiado la diversidad y las versiones de la modernidad. Los líderes sociales siguen cayendo entre el silencio y el espanto de los territorios desbordados por la ausencia fatal de un Estado que apenas ha intentado recobrar un mínimo de control entre la sombra de la historia. 100 días todavía cortos en un cuatrienio en el que también hará ruido la ingenuidad y la retórica de la esperanza.

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