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El exceso burlesco del Gobierno nacional y el pintoresco fallo del Tribunal de Cundinamarca un día antes, prohibiendo la movilización contra la reforma tributaria por atentar contra la salud pública, hicieron que la marcha se agigantara como una marea de fuego sobre el incendio general, y el movimiento terminara desbordándose con más intensidad y furia contra el desastre de las medidas que apenas intenta el presidente modificar en pequeñas dosis estratégicas por conveniencia.
Sabían que debían declinar a largo plazo algunas de sus extravancias en el proyecto presentado, y en la medida de la indignación nacional, y al ritmo creciente del impacto, tumbarlas para calmar la fuerza de la opinión pública sin afectar el trasfondo esencial de la reforma. Lo tenían calculado desde antes, como saben que deben hacerlo desde siempre entre sus excesos y ultrajes, así que intentan hacerlo ahora con tufo de consideración, sin grandes resultados. El paro continúa programándose al 19 de mayo, y el presidente intentará atenuar sus comunicados en su programa sin televidentes. La misma noche del 28 de abril, intentó matizar ridículamente la noticia de las grandes movilizaciones sociales en su contra anunciando los grandes reconocimientos de la OCDE a las medidas adoptadas por su gobierno en la atención a la crisis sanitaria. Otra burla más sobre toda la candela que sigue rodeando su nombre y su desprestigio. Y continuó así, hasta el final, desconectado de toda la atmósfera que retumbaba en los mismos vidrios del Palacio de Nariño, y lanzándose a hablar en los últimos minutos, como un caso aislado y sin importancia, sobre los hechos de ese día como un desborde del “vandalismo criminal” que había causado grandes destrozos a los establecimientos que permiten el crecimiento económico del país. Lo dijo así, sin preocuparse por su propia indelicadeza y su torpeza descomunal ante una comunidad internacional que sigue observando perpleja su absoluta incomprensión de la gravedad del tiempo que preside. Y así dió por terminada su alocución, como un día normal en la básica superficialidad de su mente, que aunque actúe estratégicamente desde el cinismo para negar el estallido social que lo desprestigia, tampoco puede dimensionar las causas y las dimensiones trascendentales del momento que pretende negar, porque su esencia presidencial es tan nula como su propio nombre, que sigue siendo un chiste cruel en semejante instancia de la historia.
Pero allí sigue, entre las llamas, pretendiendo dejar pasar contra todos los partidos y el desborde social, la reforma tributaria más visceral y ofensiva que se haya visto en esta historia nacional del insulto. Y sigue evadiendo, como puede, las preguntas incómodas que sabe que no puede responder, y cuando debe hacerlas sin mayores posibilidades de evasión, responde sin rubor alguno que desconoce las razones de los impuestos que están especificados en el proyecto de reforma para ciertos perfiles. Así lo dijo, sonriente, en una reciente entrevista que aceptó por la conveniencia de la entrevistadora, reafirmando de nuevo que desconoce la dimensión de su cargo, pero pretende seguir respondiéndolo todo con la seguridad ficticia de su rostro, ajeno a todo, y lejos del espanto que sigue incrementando con su propia vulgaridad.
