Cuando el comandante Massud, líder en la región contra el talibán, recomendaba a Occidente una especial atención y alarma contra el radicalismo de Al-Qaeda, lo tomaron como un pequeño hombre en busca de reconocimiento. Dos días antes de los atentados contra el World Trade Center fue asesinado por Osama Bin Laden en un atentado suicida en su zona de resguardo. Lo quería fuera de la escena y del tiempo, antes de que la potencia más grande viniera por él. La anécdota parece común entre los dramas internos y cíclicos de Afganistán, pero está ligada profundamente a la frivolidad de Occidente y propiamente de los Estados Unidos ante un drama que venía agigantándose con las décadas sin que les importara demasiado los graves errores cometidos en tierras ajenas. Lo hicieron desde los mismos años en que financiaron y promovieron la ideólogía de los muyahidines, a quienes Ronald Reagan llamaba “combatientes de la libertad” mientras enfrentaban con fiereza y apoyo interno a las fuerzas de la URSS, que necesitaban espantar con todas las formas de lucha, aunque esas formas significaran el sacrificio y el desplome de la tranquilidad en esas regiones que aún desconocían. Tampoco les importó conocerlas antes de infiltrarlas, y ese ha sido justamente el error monumental que escaló hasta que el 11 de septiembre se revelara con toda su espectacularidad macabra y surrealista.
El argumento principal de Osama Bin Laden en su radicalismo suicida, porque sabía también que terminaría muerto, era vengar la manipulación de los Estados Unidos en su cultura y abandonarlos a su suerte y al precipicio cuando la Unión Soviética retiró sus tropas, dejando un gobierno comunista que los seguía azotando sin contar en adelante con respaldo internacional. Su discurso siempre fue el de un magnate resentido contra el manoseo de Occidente en tierras ajenas por intereses propios, muy alejados del interés humanista ante culturas sometidas por poderes oscuros. Tanta fue la frivolidad del país más poderoso del mundo, que no previeron que ese juego en tierras petroleras y magnates delirantes podía convertirse en su peor enemigo en los próximos tiempos, y que ese antiguo juego en el respaldo al radicalismo del islám para contrarrestar el comunismo podía convertirse en la misma ultra violencia que los podía fulminar cruzando el mar y los pocos kilómetros de una muerte de gloria cuando los argumentos mutaran y enfocaran a otro de sus victimarios históricos. Contra esa furia incrementada entre el odio y el poder económico de la Yihad no podían estar preparados, mucho menos desde la perspectiva cómoda de un hemisferio acostumbrado a repartirse los linderos del mundo sin sanciones.
Ahora se han ido de nuevo de un viejo territorio ocupado, y los talibanes nombran los ministerios entre los méritos de los principales hombres sectarios de sus filas. Ninguna mujer puede retomar su vida en libertad y han controlado en su totalidad las fronteras. Las armas están ahora en las manos de quienes se radicalizaron entre el caos de otras invasiones, y el mundo los vuelve a olvidar. Occidente, otra vez frívolo y ajeno, mira a su periferia intentando ignorar el humo del medio oriente que sigue creciendo entre la arena y el caos de otra destrucción que también se tragará el polvo del desierto.