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Se cumplen cinco años de la firma del Acuerdo de Paz en La Habana y están próximos a cumplirse los cuatro años de la llegada al poder de Iván Duque. La práctica y los efectos de un país atragantado por el humo del caos y el desastre están ligados entre los dos aniversarios de un gran proyecto de futuro y una insistencia inhumana y mezquina para destruirlo. El principal y único motivo del entonces candidato Duque era precisamente ese: cumplir con las ordenes de su cúpula sectaria para evitar los efectos jurídicos y económicos de la responsabilidad histórica de los sectores que representan, sin que importe nada más que la salvación de sus fondos y la intacta pulcritud de sus nombres. Pero aquí están, inmersos todos en este tiempo incierto y telúrico de un país sin futuro por su fundamentalismo reaccionario y su negacionismo persistente frente a todos los muertos, los huérfanos y los desfalcados de una destrucción sistemática sin fin. Porque aún siguen cayendo, sin dolientes estatales, los líderes que continúan haciendo lo último que queda entre los acuerdos incumplidos. Las tierras siguen expandidas con sus dueños oscuros y los ejércitos irregulares siguen dominando los predios sin escándalo. Cinco años de unos acuerdos lanzados al precipicio del odio para agigantar la llamarada del resentimiento que volverá, cíclicamente mientras nada se cumpla, a incendiarles el rostro y las puertas por simple y llana naturaleza del efecto del boicot a una historia fundada sobre el desprecio y el crimen.
Los candidatos del Centro Democrático han empezado a salir de sus cavernas para utilizar la coyuntura en sus discursos estratégicos, omitiendo, por supuesto, las cifras dramáticas de una economía destrozada por la desconfianza y las inversiones declinadas de capitales extranjeros que no ven en el país el escenario propicio para la estabilidad financiera. El peso colombiano ahora es una de las monedas más devaluadas del mundo y la catástrofe social de las periferias no aparece entre los índices, porque los mapas conceptuales no dimensionan las sombras marginales donde el Estado no tiene competencia por ineptitud y desdén. Pero aparecen, una vez más en campaña, con lemas reduccionistas y estúpidos de un nuevo tiempo en el que harán lo que no hicieron nunca para redimirse, aunque la culpa, según su propio evangelio surreal, sea del único que los traicionó para firmar un acuerdo que los pone en aprietos ante la historia. A esa mezquindad reducen sus alaridos de indignación, burlando y escupiendo sobre las víctimas que siguen esperando una mínima atención de un Estado afásico y ausente. Cinco años de un acuerdo que prometía entre las partes iniciar una reconstrucción sobre el tiempo con todos los riesgos, y el riesgo llegó de las entrañas del poder, de nuevo, para destruirlo todo y entregar el futuro a la carroña de la misma estirpe de los apellidos que ahora piden una nueva oportunidad para demostrar que pueden hacer por fin, el cumplimiento aplazado desde el día en que heredaron del virreinato el poder y las tierras por mandato divino.
