15 Jan 2022 - 5:00 a. m.

Antivacunas

La nueva ola del negacionismo ante las evidencias y la obviedad sigue explayándose como un nuevo contagio trágico y absurdo en el mundo. Y es trágico y absurdo por la desfachatez criminal de sus consecuencias sobre una pila astronómica de muertos. Esa nueva legión de iluminados por un nuevo sol, alterno y sagrado, que brilla también desde otro ángulo sobre los terraplanistas, los negadores del alunizaje y de las grandes evidencias de la modernidad, sigue pretendiendo que se valore con honores su opinión, a la misma altura de las pruebas irrefutables de la ciencia que ha experimentado por siglos para alcanzar los mínimos avances que han permitido que la especie humana haya podido sobrevivir sobre los índices de mortandad que en otras épocas arrasaba con todo lo que respirara sin piedad y sin contemplaciones.

La invención de la vacuna contra la viruela en 1796 permitió que el promedio de vida en el mundo sobrepasara sus números fatales: en los últimos cien años de su existencia mató 500 millones de personas, dejando estragos sobre sus sobrevivientes, sin alivio hasta el final. Los integrantes de la legión de iluminados que hoy insisten en tener la revelación de otra verdad ajena a la que el mundo impone desde sus leyes sanitarias han podido sobrepasar ese antiguo promedio de vida por la inmunidad contra otros desastres virales que, curiosamente, no contemplan entre la paranoia moderna de conspiraciones dirigidas por oscuras y misteriosas élites que dominan el mundo desde un suburbio desértico en Cabo Cañaveral, con antenas galácticas 5G y un canon secreto de la CIA. Dirán que las vacunas actuales contra el SARS-COV-2 no tienen la misma experimentación que tuvieron las vacunas tradicionales para llegar a los fines efectivos de inmunidad y, aunque es evidente la experimentación contra el tiempo, la reducción inmensamente significativa de muertes es una prueba con un efecto real que no admite discusiones, salvo las que insisten en los conflictos bizantinos de la legalidad entre prohibiciones de movilidad e ingresos. Sucedió recientemente con el tenista Novac Djokovic, antivacunas estelar de la legión negacionista que intentó ingresar a Australia evadiendo las normas de inmigración. Su ligereza y sus postulados conspiranoicos son conocidos sin mayores consecuencias más allá de sus alucinaciones, pero intentaba burlar las leyes de otra nación en una persistencia soberbia sobre sus creencias. Un juez le otorgó el ingreso y seguramente jugará bajo la gracia del lobby que no permitirá que el gran torneo del mundo pierda abultadas ganancias por la ausencia de un jugador protagónico. Pero en las calles aún están, iracundos, los que insisten en la dictadura de un nuevo orden apocalíptico con argumentos delirantes frente a las pruebas de las muertes disminuidas.

Es cierto que entre el gran colapso mundial de la primera pandemia moderna existen intereses económicos de farmacéuticas que quieren evitar a toda costa la liberación de patentes, y entre la anarquía de la desesperación y el pánico han agigantado sus ingresos bajo el impulso mezquino. Pero ese desastre que anula la pretensión humanista del tiempo es ajeno al desastre estrictamente sanitario, que es urgente y no admite discusiones infructuosas ante pruebas reinas de salud pública y vidas en riesgo. Y esa ha sido la urgencia contra el tiempo en que ha avanzado la vacunación masiva desde los diversos nombres de laboratorios, que también han terminado en limbos absurdos por intereses políticos que las admiten si provienen de mundos cercanos a sus ideologías. La vacuna Sputnik, con alta efectividad de acuerdo con la revista científica The Lancet y otras fuentes confiables, no ha sido admitida en países europeos y latinoamericanos por asuntos geopolíticos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) tampoco ha sido clara en las estrategias de comunicación para un mundo empantanado por la farsa, y la burocracia y el humo de sus intereses han afianzado ese gigantesco bulo esquizoide que sigue nublando la realidad con la imaginación de los que han preferido interpretar la vida y el mundo desde el resentimiento y el odio a la oficialidad. Tienen suficiente razón en detestar una civilización mal construida y mal organizada, tienen argumentos de sobra para odiar los múltiples gobiernos infernales del mundo, pero no pueden negar las pruebas constatadas desde todos los frentes en los avances científicos. El sol alterno que los ilumina y les arroja verdades desde la constelación de Orión se diluye con las cifras que pueden leer en todas las fuentes públicas que la ciencia ha reunido con la pausa del trabajo y del pragmatismo.

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