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Artificios

Juan David Ochoa

21 de mayo de 2022 - 12:00 a. m.

No llenan plazas, no comunican, no entienden el tiempo desbordado de siglos y décadas de exclusión que aún no aceptan por afasia y soberbia. No pueden avanzar en las encuestas hasta los números ideales del optimismo, no tienen los recursos reales para tranquilizar las presiones de sus inversores. Por eso deben acudir al último recurso de la falsedad y del efectismo ante un posible escenario apocalíptico que los dejaría sin margen de dominio en los órganos de control que les han permitido el sueño tranquilo, aunque no sea precisa y exactamente el sueño de los justos.

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La campaña de Federico Gutiérrez, de tumbo en tumbo, ha tenido que reconocer la falsedad de sus publicaciones con las que han intentado visibilizar el poder progresivo de su aceptación entre plazas y recorridos ante tumultos que no existen. Recientemente, intentaron difundir una imagen aérea de una plaza de Bucaramanga, perfecta para el efectismo a dos semanas de la primera vuelta presidencial. Pero la imagen era de la campaña de German Vargas Lleras, cuatro años atrás, con la pompa y el auge de su programa de vivienda y los impulsos del lobby del poder ministerial que podían favorecerlo. Sin mayores explicaciones, cuando se hizo pública la falsedad de la imagen y su contexto, solo aceptaron un pequeño error entre sus comunicaciones, y sin mayor trascendencia continuaron el orden semanal de la campaña con la desesperación creciente de un candidato que solo puede crecer entre métodos cosméticos de ficción.

Pero no ha sido el único desliz de una candidatura angustiada. Sus apariciones en debates y medios de comunicación se ven permanentemente empantanadas por el discurso irreal y lejano del clima político y socioeconómico del país que Gutiérrez pretende gobernar. Se equivoca estruendosamente nombrando los municipios que visita y no atina en la argumentación lógica frente a preguntas que intentan ajustar sus ideas ante una realidad con abismos peligrosos. Sus respuestas siempre son las predecibles de una política de seguridad fracasada, que también, por cierto, fracasó en su periodo bajo la alcaldía de Medellín, con graves indicios de vínculos con la oficina de Envigado, por lo que ahora continua en condena su secretario de seguridad.

Sus preocupaciones ahora están dirigidas contra Rodolfo Hernández, que parece relegarlo rápidamente en números de favorabilidad, justo en el tiempo en que debían concentrar sus esfuerzos para contener a Gustavo Petro, muy lejos de sus números y porcentajes estancados. La campaña ha dirigido su arsenal contra el otro candidato que puede removerlos del segundo lugar, aparentemente seguro para la disputa en la hipotética segunda vuelta del 19 de junio, cuando la histeria colectiva y los órganos de control a sus pies intentarán lanzar la última táctica y la última maniobra de salvación desde las ventajas efectivas del poder.

Los últimos días previos tendrán la tensión de escenarios impredecibles: saben, con mayor nerviosismo y pavor, que estos pueden ser sus últimos días de predominio y de control tranquilizante entre lobbies y viejas alianzas. Saben que el paradigma hegemónico que lograron vender, aún entre la farsa, no tiene ahora mayores adeptos entre las evidencias del abismo. Saben que deben usar todas las formas desesperadas de defensa, antes del fin.

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