Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Estalla una bomba, la atmósfera de ceniza y pánico cubre todo el espectro nacional, la mesa de diálogo sigue en tensiones prolongadas con movilizaciones suspendidas y los candidatos aparecen con la agenda dispuesta para el cálculo electoral y las opciones efectivas para el trono. Allí están, una vez más, los sonajeros presidenciables que afianzarán la campaña entre el humo del miedo y un futuro incierto. El uribismo, bajo esa conciencia fatal de la pérdida irremediable de su imagen, intentará construir de nuevo la narrativa del rescate de una patria perdida contra los fantasmas que saben manosear a su antojo con la zozobra a su favor.
Los desastres cíclicos de las capitales, los muertos y el polvo, aunque hayan sido causados también por las fuerzas del orden, los usarán publicitariamente para afianzar el control que, según sus propias teorías esquizoides, solo está siempre en sus manos con la anuencia de la divinidad. Por eso nombraron también en el diálogo oficial con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) al fanático del Opus Dei y quemador de libros perdido entre despachos burocráticos Alejandro Ordóñez, para cuidar la imagen del Estado frente a un organismo al que acusó años atrás de estar infiltrado por el comunismo internacional y los espectros de la URSS. El hombre que ha incitado innumerables veces a desconocer los comunicados de la CIDH está ahora a cargo de los muertos que cayeron bajo el poder oficial, con la gracia confesional de un gobierno que concede toda su responsabilidad a las cortes de otro mundo. El mismo que fue destituido ha sido encargado de una verificación ante un incendio causado por la corrupción extrema y el cinismo ultrajante del poder.
Entre toda esa fauna de lo imposible, no es extraño que un político disparatado y lenguaraz como Enrique Peñalosa lance su rostro y su nombre a la Presidencia de la República para hacerle el juego a la continuidad oscura. Y no es extraño tampoco que lo haga afirmando que ha sido un político con más énfasis de izquierda que el mismísimo Gustavo Petro, aprovechando el momento y la caída libre de la derecha en el país. Sus estrategias son tan patéticas y tan predecibles que el tiempo y la atmósfera preelectoral resultan ya un espectáculo circense anunciado, y no sería tan grave si el momento no estuviera atravesado por la crisis más grande del siglo. El tiempo llega ahora con candidatos que insisten en seguir trabajando para los bancos y para una tradición explosiva, evadiendo el incendio feroz que crece sobre sus nombres y sus cuerpos como un cataclismo. Allí está, también, Sergio Fajardo haciendo silencio cómplice ante todos los abusos del poder, y esperará encomendarse a la aurora de las ballenas si los resultados no son óptimos a los designios del GEA y de sus padrinos sobreprotectores. Gustavo Petro enfrentará su candidatura a las estrategias pantanosas de la derecha que usará el poder hasta las últimas consecuencias, contra todos los protocolos y sobre todas las reglas de una democracia que han ajustado a su amaño con el dominio de los poderes que antes servían para vigilar y regular el exceso peligroso de la tiranía.
