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9 Apr 2022 - 5:00 a. m.

Barbosa: furia sobre el fango

Francisco Barbosa ha vuelto a salir al ruedo y a los resplandores de la luz, y no para aclarar la turbiedad oscura de la institución contra la fiscal Angélica Monsalve y su traslado sospechoso pocos días después de reabrir el caso contra empresarios poderosos y cercanos a la sombra de Néstor Humberto Martínez, el último espíritu destructor de la Fiscalía General, que sigue acechando los pasillos y los despachos con las influencias de sus pactos lejanos y secretos. Barbosa ha aparecido para declararle la guerra discursiva al líder del Pacto Histórico desde su blindaje, con la fiereza y la pulsión herida de un funcionario aludido en los recientes escándalos, que lo han dejado muy mal ante la opinión pública. Sin aclarar ninguna de las sombras o los yerros sobre su nombre, ha participado políticamente en plena atmósfera preelectoral para atacar al adversario que los tiene en serios aprietos. La Fiscalía sigue destruyéndose a sus pies por sus silencios, sus omisiones y sus acciones intimidantes contra todo el que intente atacar la sacralidad de su cargo y la imponencia de su gestión. Ya había dicho hace un tiempo, sin estremecerse, que todos los críticos de su bunker eran delincuentes parapetados. Y entre el silencio de sus gestiones se intimidaban fiscales que intentaban reabrir expedientes delicados en entornos intocables para enviarlos al Putumayo o a las zonas dominadas por las estructuras criminales que la misma fiscalía General no ha sabido enfrentar, regiones abandonadas por el Estado para que no les quedara más que la renuncia y la rendición de sus alcances y atrevimientos contra apellidos de alcurnia. Para estos casos, con claras demostraciones de persecución táctica y silente, no ha habido un solo pronunciamiento leve del fiscal más poderoso del continente. Ha preferido, en sus tiempos libres, visitar leones en cautiverio o viajar a islas en tiempos apocalípticos con comitiva a sus espaldas, o al Ecuador a entregar investigaciones ajenas a sus competencias y, en casos extremos de imposibilidad, aparecer ante las cámaras para exponer políticamente las razones de sus furias repentinas.

Barbosa no se ha pronunciado aún sobre los casos más escandalosos y decadentes, que siguen archivándose entre el polvo y las columnas de papel, en los despachos donde nadie puede hablar sin autorizaciones previas. Odebrecht y los suburbios del Ñeñe Hernández no tienen ninguna posibilidad de alcanzar finales justos, aunque existan pruebas reinas, audios y testimonios acumulados en todos los escenarios donde sus cómplices se han pavoneado sin miedo y sin precaución, con la seguridad de los funcionarios públicos que saben que en Colombia las instituciones trabajan bajo la exclusividad del poder que los nombró para defenderlos. Al fiscal tampoco le parece necesario ni oportuno pronunciarse sobre las intimidaciones extrañas que siguen sufriendo progresivamente investigadores y periodistas, con altas consecuencias para la libertad de prensa, entre una atmósfera de desconfianza desde todos los frentes. Cecilia Orozco fue perseguida por un carro fúnebre en Bogotá en una clara demostración simbólica de intimidación contra su trabajo. Pero no existe Fiscalía General para anuncios de tranquilidad, ni promesas de investigación para los que consideran enemigos de sus órdenes y directrices. Desde la Casa de Nariño supervisan permanentemente las omisiones o las acciones a favor de esa inmensa gestión gubernamental por la orfandad de una nación sin norte.

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