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Cae otro capo entre la lista siempre infinita y renovada de los más buscados: Darío Antonio Úsuga, alias Otoniel, líder escurridizo de ese grupo armado ilegal descendiente de las viejas estructuras paramilitares, diseminadas en otros nombres y otros códigos, en la custodia del negocio siempre vigente del narcotráfico. El presidente, que no ha tenido un solo mérito importante ni un solo logro real, nombra con toda la solemnidad posible su captura comparándola con la caída del capo Escobar, y dice que a partir de su desaparición entre la selva termina la historia del Clan del Golfo. Las dos aseveraciones son ridículas y a todas luces falsas: después de Escobar, todas las capturas cíclicas de los grandes capos diseminados y ajenos a las grandes organizaciones piramidales de los carteles fueron también tildadas con toda la emocionalidad de una epopeya. Don Diego, Rasguño, Cuchillo, El Loco Barrera… todos fueron nombrados como los máximos representantes del narcotráfico en su ciclo, y juraron una disminución en sus estructuras y un golpe certero al negocio criminal de la droga: nada de eso sucedió. Los nuevos alias retomaron los vacíos de los jefes capturados y el negocio continuó con las rutas y los métodos conocidos, siempre a grandes pasos adelante de las pesquisas de las instituciones y las fuerzas del orden que decían tener todo muy claro en sus investigaciones rigurosas.
Llamar ahora a la captura de Otoniel como el fin definitivo del Clan del Golfo es otra más de las hipérboles efectistas de un presidente que aprovecha un golpe de opinión para sobredimensionar su trascendencia y sus efectos. Seguirá repitiéndose ante cada captura inexorable, como se repetirán los presidentes sucesores que continúen la persecución siempre inútil contra el mejor negocio del siglo mientras este permanezca en la ilegalidad y a la sombra de toda regulación posible. Los réditos seguirán siendo astronómicos mientras lo prohibido siga vigente más allá de la legalidad. Lo que no prometió el presidente victorioso, curiosamente, fue la colaboración del reo estelar con las autoridades para revelar los grandes vínculos peligrosos de ese viejo clan heredero del paramilitarismo con nombres protagónicos del jet set político y empresarial del país; solo su pronta extradición para cumplir con esa vieja táctica tan conocida por su jefe supremo de enviar personajes molestos a otras latitudes y así evitar declaraciones comprometedoras.
Y no volvieron nunca a nombrar, por cierto, a Luis Carlos Restrepo, alias Doctor ternura, con vigente circular roja de la Interpol después de sus gestiones en la falsa desmovilización de grupos paramilitares, que terminaron en las filas de los clanes que hoy el mismo gobierno pretende perseguir con victorias reciclables y grandes efectismos. En la zona, que ahora dirigirá alias Chiquito malo, los protocolos del clan, que tendrá otro título acorde al azar y al capricho sonoro del negocio, removerán sus tácticas mercantiles, y otras posibles disputas al interior de la jerarquía bifurcará los monstruos para que después, en otra operación ejemplar, entreguen el parte de la captura de los capos más grandes de la historia.
