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Con la tranquilidad profunda que le dan los votos asignados en la costa Atlántica y en las regiones de sus maquinarias expansivas, Alejandro Char puede seguir dándose el lujo de desaparecer de los debates para evitar discutir ideas inútiles. No necesita desgastarse en construcción de imagen y en choques de paradigmas para dar golpes de opinión que no tendrán mayor efecto entre los cálculos de su táctica y su tradición. Lo suyo ha sido siempre el lento trabajo de una chequera que puede construir con influencia mucho más que un argumento ajustado a las exigencias de un país destruido por el lobby y el silencio.
A las preguntas sobre su ausencia permanente a pocos días de las elecciones legislativas y consultas internas, responde que prefiere recorrer las calles para escuchar las voces que le dan una dimensión más directa de la realidad. Y es el mismo discurso sistemático que repite su coalición improvisada entre políticos que se autodefinen como ejecutores, con la táctica siempre efectiva de negarse a los micrófonos y a las cámaras para evitar preguntas incómodas sobre el pasado de cada uno de sus rostros. Federico Gutiérrez intenta ser la excepción exótica de una exposición siempre cosmética, saludando en la calle personas invisibles con gestos de tipazo empático, aunque su gestión en Medellín no haya sido precisamente la más humana o la más coherente con su discurso insistente de seguridad contra los antros urbanos. Los nexos de su gobierno con la oficina de Envigado siguen resonando sin que intente responder ante la oscuridad de semejante atmósfera con la organización criminal más poderosa entre todos los suburbios de las ciudades en Colombia. Su secretario de seguridad, Gustavo Villegas, fue condenado por filtrar información de las autoridades para blindarlos, y los indicadores de seguridad de la época no son precisamente los más alentadores para una candidatura tan flamante y ruidosa.
Equipo por Colombia intenta posicionarse con la historia cosmética de una ejecución que solo existe en el lenguaje efectista de la publicidad. Las cifras de esa propaganda de viejos resultados no cuadran, sus rostros protagónicos están empantanados en el clientelismo más sórdido, y la estrategia de su partido no es otra que la última alternativa de figurar políticamente por fuera del uribismo autodestruido, aunque compartan los mismos lemas y la misma visión socio-económica de un continuismo que deben defender por razones obvias; para el lobby al que siempre deben acudir para salvarse y por las arcas de los grandes socios de ese paradigma de Estado monárquico del que se han beneficiado las castas tradicionales hasta hoy.
Todo indica que el candidato oficial tras la consulta estará entre Alejandro Char y Federico Gutiérrez; los dos son cartas ungidas por la sacralidad del uribismo que levita más allá de su partido, destrozado por sus propias prácticas de saboteo universal, y ese nombre oficial iniciará la escalada al trono con todo el aparataje de la mitomanía y la farsa para estropear los nombres que intenten detenerlo. Para eso estará, también a su favor, la Registraduría, en el apoyo incondicional para hacer lo poco que pueda hacerse entre el desprestigio de todos los estragos.
