Después de gobernar desde las altas atmósferas de la soberbia, bajo la luz antes y los últimos periodos desde la sombra, Álvaro Uribe tuvo que sentarse frente al presidente Petro y conceder la atención que se negó en sus tiempos prolongados de domino. Las tácticas del odio distante a todo lo que parecía marginal y contrario a su voz de patrón imbatible no son ahora útiles en sus cálculos políticos. Sabe que su bastión electoral y su bancada desaparecen lentamente de la historia y que una confrontación beligerante, similar a sus tiempos de choque público con Juan Manuel Santos, resulta totalmente inútil. Los puntos del diálogo con Petro giraron, según las declaraciones del patriarca en el otoño, sobre las urgencias de la pobreza en el país y las cargas fiscales a capitales privados. Su preocupación, por supuesto, no es la inequidad ni la desesperanza de los que siempre estuvieron excluidos de su poder, sino el desespero de todos los banqueros y los altos nombres de la economía exclusiva y circular, a quienes debe seguir respondiendo como prohombre elegido hace 20 años con las directrices de su defensa. Hará una oposición razonable junto a su bancada, dijo, y aprobarán los proyectos necesarios para el progreso del país. Las condiciones de sus copartidarios no son precisamente de mentes razonables, y no tardarán demasiado en acudir a la exageración y al pánico económico para cooptar los vacíos de un gobierno en transición, clamando por la prudencia económica y por la salvación de los últimos vestigios de la patria, ese concepto solemne que suelen nombrar cada vez que pretenden sensibilizar espíritus bajo sus huestes, sin nombrarlo nunca cuando el honor militar que defienden ha cometido las monstruosidades que la Comisión de la Verdad ratificó esta semana en la entrega del Informe Final.
Álvaro Uribe, quien realmente entrega el poder al presidente electo, y no el Duque afrancesado que sale entre la incompetencia y la nimiedad, sabe que su guerra frontal contra la verdad ha perdido todas las posibilidades de imponencia, y es para Gustavo Petro el tiempo necesario, aunque tardío, para ubicar funcionarios acordes a la altura de sus cargos. La dirección del Centro Nacional de Memoria Histórica tendrá ahora la obligación de resarcir el largo periodo de negación que Darío Acevedo perpetró contra todas las víctimas. Y los museos de custodia de la memoria, como los despachos y cargos para la paz, desangrados por la sevicia de los enemigos del esclarecimiento, necesitarán retomar el mandato inicial de un acuerdo que intentaron destrozar los que ahora se han sentado frente al presidente electo como una última acción para resistir el hundimiento definitivo.
Los nombramientos recientes en el gabinete tienen la línea de una visión gubernamental hacia la distensión. Álvaro Leyva Durán merece como nadie el ministerio de altas responsabilidades públicas hacia el mundo. Su resistencia entre todas las etapas recientes del conflicto le permitirá tener la calma y la serenidad para sostener la credibilidad internacional afectada por un presidente saliente y empecinado en mentir para recibir las donaciones que terminaron siempre en otras arcas del erario, y José Antonio Ocampo ajustará los ideales del primer gobierno de izquierda que inicia sus primeros enfoques contra una tradición de lobbies que se resisten a quedarse al margen de los resplandores del poder.
El 7 de agosto, el gabinete en pleno llegará a la Casa de Nariño bajo una atmósfera nacional que ha renovado la Comisión de la Verdad para despejar las dimensiones históricas del nuevo periodo, que tendrá que afrontar los intentos aún vigentes por negar el horror del Estado y del poder contra la dignidad de los vivos y los muertos.