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Cretinismo

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Juan David Ochoa
17 de septiembre de 2016 - 02:00 a. m.
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Quien podía comprender la dimensión y la trascendencia del fin de Las Farc como grupo armado era exactamente Andrés Pastrana Arango, el expresidente engullido por la amargura que buscó con todos los recursos desesperados, incluso los frívolos, el desarme y el reinicio de la historia entre un acuerdo definitivo, y el trofeo de un Nobel de Paz, aún con sillas vacías, y aunque la firma se hubiera dado entre otro ángulo del escándalo.

Hizo de su agenda presidencial un lobby extranjero buscando la aprobación de los Estados Unidos a su carta de campaña; reconoció el carácter político del enemigo por el que ahora solo sabe gemir de indignación humanista; canjeó guerrilleros presos por soldados secuestrados en el marco del acuerdo humanitario que podría ser tildado también hoy de impunidad incluso por él mismo entre sus principios de plástico; despejó cinco municipios dominados por 2.000 guerrilleros armados con todos los bastiones, y cuando nada cuajó entre las pomposas ambiciones políticas, y la derrota de su campaña se vio deshecha y enterrada por la historia, junto a su orgullo, dio el discurso del honor; un patriota sin tacha y sin mácula que no permitiría que el Estado rindiera cuentas a una cuadrilla de matones, y los mandó exterminar en la operación rastrillo por  las cinco regiones que siguieron en dominio de la insurgencia.

El plan Colombia representó la astronómica cifra de 10.000 millones de dólares con la utopía a cuestas de pacificar la nación en una lucha frontal contra todos los demonios de los suburbios, y aunque la defensa ciega de sus padrinos siga insistiendo en la reducción de los males, el mal  genérico siempre estuvo allí, en la desangrante baja intensidad de un conflicto no reconocido mientras las fichas y los convenios no cuadraron.

Quién lo supo y la ha sabido bien entre el veneno consumido en silencio por la humillación de la desaparición del tiempo sigue siendo él, pero Pastrana no declina de nuevo; toda la colaboración extranjera que rogó mientras tuvo los flashes en el rostro le parece conspiratoria y demencial; la posición de los Estado Unidos le parece un ultraje a la urgencia moral de un continente hundido por los azufres de la izquierda; los modelos de justicia que alguna vez se adecuaron para sus canjes le parecen insultos a la tradición purista del derecho; el desarme de ese enemigo con el que alguna vez habló entre los abrazos y las sonrisas del espectáculo no lo concibe entre los acuerdos prácticos.

Su historia es la historia del patetismo. Su discurso tiene el tufo de un nostálgico borracho de la gloria perdida que lo pudo encumbrar sobre este río de muertos como el pacificador de los medios y los métodos buscados para una firma perseguida por todos. Sus argumentos tienen los mismos principios de sus fotos históricas entre el Caguán y los cócteles de las camarillas contemporáneas del Country.

Mientras la historia improvisa su alivio, los expresidentes inmortales acomodan sus fichas en el giro que saben irreversible, y entre los ocultos en la sombra del fracaso siguen murmurando ellos: el capataz del NO, con sus últimos pelotones decimonónicos, y el expresidente que alguna vez intentó lo que hoy desprecia con argumentos de zafio, como lo hacen los cretinos.

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