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Cumbre en Glasgow

Juan David Ochoa

06 de noviembre de 2021 - 12:00 a. m.

Una nueva cumbre ambiental para fomentar un futuro medianamente salvable se realizó en Glasgow. Allí llegaron los presidentes de los países involucrados por la organización, prometieron nuevos enfoques, nuevas acciones, mejores resultados. Presentaron reportes recientes de estrategias ejemplares, saludaron al mundo ante las cámaras, sonrieron por la nueva esperanza y las promesas por cumplir. Ante las cámaras apareció Boris Johnson, el principal promotor de noticias falsas de Europa y el artífice del Brexit, junto a Iván Duque, el destructor de un acuerdo de paz y el reinventor de la aspersión con glifosato y de las técnicas antes proscritas por sus efectos catastróficos, siempre obediente a las órdenes de su séquito que no nunca aparecerá en público para cumplir con molestos protocolos de actuación diplomática.

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Sonriendo, hicieron lo que han hecho siempre en altas cumbres de etiqueta: simular y fingir una posición de estadistas para el progresismo que les exigen los estándares internacionales y las organizaciones humanitarias; aunque en las sombras anónimas y silenciosas de sus acciones de gobierno, sus prácticas sean totalmente antagónicas a sus palabras de solemnidad altruista. No hace falta nombrar las acciones recientes del gobierno de Iván Duque para recordar que su interés en el cuidado de la ecología y del planeta desde su país no están en ningún rango de atención. Su obsesión por destruir un acuerdo de paz que implicaba efectos directos sobre los territorios y sobre el centro mismo de la naturaleza de una república inmensamente rural tiene toda la dimensión de un atentado al discurso que difunde permanentemente en los atriles del mundo, cuando debe cuidarse de las buenas maneras. Un hipócrita que vuelve a sonreír, aunque sea cada vez más clara su evidencia y su oscuridad, sin que le importe demasiado. Como tampoco le importó ufanarse del recibimiento de Joe Biden en Glasgow, aunque fuera obvio para todos que el saludo fue una cortesía obligada entre homólogos en una cumbre de gestos y cortos diálogos sin trascendencia.

Lo hizo también hace unos años el expresidente hipócrita, el desconocido por el mundo y siempre desvergonzado Andrés Pastrana Arango, cuando logró entrar por lobby en Maralago, y después de dar tumbos y empujones entre los asistentes, logró llegar hasta Donald Trump y alcanzar un pequeño saludo presionado. Escribió con solemnidad y orgullo sobre la dimensión del encuentro: “gracias presidente Trump por la cordial y muy franca conversación sobre problemas y perspectivas de Colombia y la región”. Nadie le creyó, pero logró el efecto cosmético para sentirse todavía vigente en la política nacional, aunque todo haya sido evidentemente falso y espurio, como todo lo que sucede entre los políticos sin talento y sin vocación de este país burlado. Duque pudo hablarle a Biden de las proezas de su gestión, implorando en silencio que ninguno de los ataques que hizo su partido a la candidatura de los demócratas para favorecer la continuidad de Trump saliera a la luz. Llevaba muchos meses buscando a través Pinzón, su embajador en Washington, una cita siempre imposible, hasta que pudo mostrar un encuentro azaroso como una nueva victoria entre sus continuas derrotas.

Después de su viaje a Glasgow, más por turismo y espectáculo que por preocupación de un estadista consciente de sus dimensiones ante el mundo, olvidará la pomposidad de su discurso y su retórica quedará en el aire como su largo historial de espectáculos con gestos y palabras de impostor.

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