Joe Biden, tambaleante y temeroso en escenarios adversos, ha intentado frenar el maremágnum republicano que pretende retomar el poder con el único nombre populista que les asegura los votos que otros candidatos opacos no alcanzan a tener, salvo el novedoso Ron DSantis, quien desde la Florida parece empezar a abanderar los votos reaccionarios y alternos a la histeria conocida. Trump sabe muy bien que la inversión astronómica de dólares que los demócratas pacifistas han invertido en la guerra de Ucrania son la excusa perfecta para emprender el ataque directo al manejo interno de una economía que se derrumba entre el pánico de las tasas de interés y los muros de las cadenas de suministro. El escenario y el momento se ajustan al talento de furia que Trump ha sabido dirigir contra sus contrincantes, desde los mismos tiempos de las primarias prehistóricas en que su nombre parecía impensable e imposible en el trono de Washington. Los demócratas acorralados, por su parte, entre argumentos y razones de exculpación por las coyunturas mundiales que los arrastra a instancias y acciones imprevistas, y aun sin intuir los virajes a largo plazo de una guerra en las arterias de Europa que sigue estando al borde de una catástrofe mayor con los tanques y las defensas antiaéreas que envían al ritmo de la escalada, intentan solventar el sudor y el nudo en la garganta de las elecciones de medio mandato que los ha dejado finalmente en un tiempo relativamente cómodo, sin la gigante ola roja que prometieron los abanderados republicanos para destronar todas las intenciones del gobierno. Un escenario sin dramatismo que les permite respirar, también, a los recientes gobiernos posesionados del sur del continente, dependientes de convenios pragmáticos que la era Obama inició con la continuidad que ahora se sostiene con Biden y que pudo truncar el mandato de Trump con sus intentos de recobrar la América grande solo para ellos.
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La continuidad en la calma relativa de un Congreso dividido ha tranquilizado también las expectativas de Petro con los vínculos y los avances en los diálogos que ya habían tenido resonancia nacional. Los acuerdos leves en la política antidrogas y las medidas de inmigración no tenían las mismas interpretaciones entre los bastiones conservadores de la persecución como único método de acción, y las nociones ecologistas que ahora tienen todos los efectos posibles tendrían un reverso peligroso para la región con dimensiones siempre prolongadas. Pero la calma y la levedad no son solo parciales, sino limitadas en un tiempo que parece seguir en contra de los intereses de los demócratas. La habilidad de Trump para capitalizar errores de un presidente errático y opacado por la hostilidad de los tiempos, y el desconocimiento masivo de los votantes en materia económica, no son buenos augurios para las elecciones presidenciales que tendrán un tinte aún más explosivo y una crisis económica que moverá las emociones a límites insospechados en un país que estuvo al borde de una guerra civil por los alcances de un político demencial que sabe que los tiempos le son propicios para levantar la histeria colectiva entre la falsedad y la calumnia que permiten la gruesa y espesa niebla de la incertidumbre.