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14 May 2022 - 5:00 a. m.

Desesperados

Después de la flagrante participación en política del General Zapateiro y del mismísimo Iván Duque, a quien nada parece ya importarle ante el marco legal de la Constitución y ante el panorama de todos sus estragos, la Procuraduría, órgano fiel y sumiso a las órdenes directas del uribismo, ha suspendido al alcalde de Medellín. Durante largo tiempo estuvieron buscando una forma legal medianamente ajustada para destronarlo; una maroma mínimamente diplomática para cumplir, por fin, con la venganza que tenían reprimida desde los días en que la caja sonora de EPM dejó de estar bajo las decisiones de sus huestes. También, por supuesto, por la ocupación de un advenedizo ajeno a la ideología que predominó en el territorio original del caudillo que ahora teme la pérdida del poder total que ostentó por dos décadas en el país pacificado por el exterminio.

Margarita Cabello apareció ante cámaras el pasado 10 de mayo argumentando las razones de la suspensión, también para el alcalde de Ibagué. Razones que nunca tuvo para sancionar al todopoderoso y envalentonado General que sigue rugiendo entre la desesperación de un régimen frágil que se desmorona junto a todas las instituciones cooptadas por el odio. Tampoco le parecieron graves los numerosos pronunciamientos del presidente contra el candidato que los acorrala en las encuestas, ni las reuniones de alcaldes adeptos del oficialismo, ofreciendo dádivas y regalías para acumular los votos urgentes de la continuidad del poder que los custodia. Desde los tiempos en que el procurador con delirios de obispo, Alejandro Ordoñez, destituyó a Gustavo Petro por otra venganza represada y ajustada a los tiempos del juego dictatorial, quedó muy claro por la IDH que los órganos de control no tienen facultad para sancionar funcionarios electos, y lo sabían muy bien; tienen los antecedentes recientes y suficientemente claros para dimensionar los alcances de una decisión contra las ordenes de la Corte, pero la desesperación ante las próximas elecciones los tiene al borde de una aneurisma colectiva y de un colapso fatal. Necesitan, con toda la urgencia y la premura, despejar los territorios en que puedan ejercer la influencia necesaria para sumar los números que aún les resultan imposibles y posicionar, por fin y sin maquillajes burdos, a Federico Gutiérrez en el trono central para salvarlos de una hecatombe.

Por eso afianzan todos los recursos ahora, y sin importar que la máscara de la diplomacia caiga completamente al pantano de la desvergüenza, seguirán usando los órganos de control hasta las últimas posibilidades y consecuencias del peligro. La orden es perentoria y los dineros se han esparcido entre las cartas de la ley de garantías que usaron a su favor para aceitar todas las ruedas de una burocracia que ahora les cuesta más que en tiempos cómodos de confianza. Mientras tanto, Margarita Cabello, rostro y figura de la nueva afrenta institucional para las grandes y sucias hazañas por la honra del prohombre que los cubre, puede resultar aún más empantanada en los tardíos reclamos de la ley, cuando no haya nadie que la pueda ayudar a huir a los confines del África, como pudieron hacerlo los ministros impunes de un régimen vulgar y decadente.

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