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Deshielos de la Guerra Fría

Juan David Ochoa

19 de febrero de 2022 - 12:30 a. m.

Las tensiones entre la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), cada vez más amplia en sus zonas de influencia, y Rusia, cada vez más extensiva en sus renovadas visiones imperiales, siguen extendiendo los rezagos de esa Guerra Fría, paralizada desde la crisis de los misiles de 1962, cuando la suma de todas las fuerzas dio igual a cero y el ataque inicial siempre prolongado por temor a una destrucción total se detuvo en el tiempo hasta que la URSS se derrumbó junto a todos los escombros y los vientos de ese mundo ideal insuflado por las leyendas del patriotismo. Las viejas leyendas contra Napoleón y Hitler, junto al brillo y la grandilocuencia de los zares, siguen dirigiendo la visión política de Putin, un nostálgico de esa gloria que ha querido retomar en las acciones recientes con los territorios perdidos de esa inmensa muerte de las repúblicas unidas. Ya había sufrido los reveses de las anexiones de Lituania, Letonia y Estonia al bloque de la OTAN en 2004, y los constantes avances de esa facción enemiga de larga tradición lo estaban llevando inevitablemente al delirio, aunque su figura gélida de tipo rudo no le dejara demostrar su fragilidad.

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Sospechando los convenios secretos de la Unión Europea y sus vínculos económicos con Estados Unidos, sabía que la OTAN terminaría unificando sus fuerzas ante sus fronteras, y Ucrania terminaría siendo el bastión donde se decidiría su vigencia, su orgullo y la última defensa de su proyecto político progresivamente frustrado por la predominancia de las fuerzas. Por eso resulta ahora el caso Ucrania un asunto que ha encendido nuevamente las alarmas apocalípticas de ese choque que no ha definido aún la historia pasional de sus intereses cruzados. Las conversaciones recientes del canciller alemán, Olaf Scholz, principal doliente por la posible afectación del gasoducto proveniente de Rusia, y los intentos diplomáticos generales por advertir un aluvión de sanciones económicas, han permitido una desescalada lenta de la tensión militarista que ya estaba en las fronteras de Ucrania, territorio vital y neurálgico para las dos potencias dramáticas, donde saben que pueden acercar a su balanza los recursos energéticos que podrían decidir una economía sostenido en los próximos tiempos. Para Putin, el territorio que podría perder bajo los bloques de Occidente representa también la historia sentimental y solemne de ser la zona originaria de los eslavos y su primer Estado en los tiempos de la Rusia. El nuevo zar moderno sabe que no puede perder la memoria y la intimidad del territorio de la vieja Rusia de todas las glorias, y la OTAN, fundada exclusivamente para controlar la influencia soviética en los tiempos del pánico, sabe que no pueden ceder ante la visión imperial de una figura impredecible.

Por eso resulta inevitable que aparezcan de cuando en cuando los tanques de los dos bloques enemigos que nunca han resuelto su odio histórico con la imponencia visible y definitiva sobre el otro, aunque la hayan querido ficcionar desde todas las formas posibles de la publicidad. Y una vez más, según los últimos movimientos de tropas de vuelta a sus cuarteles de invierno, los deshielos de la Guerra Fría vuelven a congelar sus tanques y sus golpes de opinión, sin dejar de desafiar al mundo con la destrucción total si alguno de los dos decide lanzar el primer misil al centro y al corazón de sus escudos.

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