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Los efectos de la improvisación del Gobierno entre las llamas humeantes del Paro Nacional siguen latentes en la continuidad de la debacle. El pasado domingo, Cali vivió su tarde más crítica con tintes de guerra civil y una escalada de odio creciente ante la llegada de la Minga Indígena, recibida a disparos desde camionetas de alta gama y sin placas en el sur de la ciudad. Al oeste, un grupo de civiles bajaba de un camión sospechoso, disparando a discreción contra los manifestantes que estaban allí desde los días iniciales de ese estallido social que Iván Duque sigue sin reconocer por estulticia y soberbia, prefiriendo la comodidad conveniente de la estigmatización, aunque esa misma estupidez afiance el incendio sobre su nombre y el país que dirige sin que hasta hoy parezca consciente de sus dimensiones. Bogotá, Pasto, Barranquilla y Popayán tuvieron otras noches con represión brutal de las fuerzas del orden sin mayores reprimendas de los órganos que hacen parte, también, de ese contubernio cómplice con el abuso de poder de un gobierno que ha hecho de la separación de poderes un juego de exterminio silencioso. El defensor del pueblo, Carlos Camargo, viajó a su finca en Anapoima el mismo día que sabía que podía comprometerse más allá de sus órdenes de defensa del régimen al que pertenece. Lo sabía muy bien, y tenía muy claro que los medios lo buscarían para pedirle explicaciones sobre los desastres humanos en las calles, y se esfumó antes del humo que lo podría culpar por negligencia. El Fiscal General, Francisco Barbosa, se ha dedicado a expropiar los camiones que obstaculizaron las carreteras de un país próspero y las vías de una economía boyante. No hubo funcionarios, al mando de los órganos de control, que atendieran las prioridades del desastre social que empezaría desde el mismo inicio de las protestas, con toda la obviedad y los avisos de un tiempo crítico. Se resguardaron muy bien, y esperaron a que el único jefe de ese poder marcial diera las órdenes por Twitter para que todo retomara a la calma en la brutalidad de las botas.
Poco tiempo bastó para que los fusiles y las pistolas del Estado empezaran a disparar con saña y alta confianza. Los cuerpos empezaron a caer y las cifras aún son de espanto: 379 desaparecidos, según la UBPD, y 168 según las cifras cosméticas y sospechosas de la Defensoría del Pueblo, que ha aparecido ahora por obligación por la gravedad del incendio, sin estar a la altura de las exigencias. Duque ha iniciado diálogos para desactivar lo que nunca creyó posible: una resistencia que sobrepasó todos los antecedentes de las protestas recientes en Colombia, y un ruido en el exterior que les derrumba sus pretensiones de gobierno constitucional.
Se atrevieron a destruir un acuerdo de paz firmado y a dejar solos los territorios para que los tomaran otros grupos armados convenientes. No puede esperarse nada bueno de esta perversión en el poder. A lo único que le temen realmente es a las reacciones de la comunidad internacional. De esa imagen dependen las ayudas económicas que tanto les gusta recibir, en porciones de limosna para evaporarla. Ahora están solos, y no hay nadie en el mundo que los respalde.
