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El colapso

Juan David Ochoa

07 de mayo de 2021 - 10:00 p. m.

Creyeron que podían sostener esa elegante retórica de ladrones un tiempo más, una década más. Creyeron que el saqueo profundo y neblinoso de la economía de un país acostumbrado a su humillación colonial podía durar otro siglo, y que ese lejano estallido lógico de los asfixiados iba a suceder cuando no estuvieran aquí, todavía vivos para presenciarlo. Pero la implosión cataclísmica llegó con la rabia de todas las burlas comprimidas en las tráquea de los marginados, en el pecho de los escupidos, en la mirada de los desempleados reducidos a una cifra manoseada y miserable, sin otro futuro distinto a una muerte sin dignidad. Creyeron los verdugos frívolos de esa élite asesina, evasora y bancaria que podían continuar extendiendo las fronteras de la inequidad hasta que la imaginación les hiciera sospechar el ruido de un lejano estropicio. Pero aquí está, ahora, frente a todos, bajo el cuerpo y la sombra de los cómplices, los culpables, los indiferentes y los justos, este fuego demoledor que se atraganta todo hasta las últimas posibilidades del miedo.

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No podía terminar distinto. Esa burla sin piedad del último gobierno, desde esa larga estirpe del poder ajeno y delincuencial que lo había saqueado todo para las pequeñas cuentas evasoras de impuestos de sus apellidos puros, sin mezclas indignas y sin vínculos vergonzosos con las razas que les olieron mal desde siempre, no podía terminar con una historia ajena a la catástrofe. Un incendio desatado en ese mismo juego de reyezuelos delirantes que ignoraron su propia infamia y evadieron las responsabilidades del crimen social hasta el hartazgo. La ira iba a aparecer, tarde o temprano, como el colapso de todo lo que existe sin remordimientos. El Vandalismo de los grandes apellidos también había hecho lo suyo con las obras monumentales en que se perdieron los impuestos de los únicos obligados a pagar y a responder por su respiro, los condenados a respetar a la autoridad sacramental de los bancos sin posibilidades a la duda o al cuestionamiento. Fueron ellos los que tuvieron que ver, mientras llegaban de sus trabajos con sueldos de mendicidad, las noticias de esas obras derrumbadas por los manotazos de la corrupción universal que lo había arrasado todo sin misericordia. No era para nada sorprendente ahora que los puentes y las carreteras aparecieran de repente como grandes proyectos abandonados en un paisaje lejano que se olvidaría muy pronto entre la selva, y no era novedoso tampoco que los implicados aparecieran libres, después, bajo el pacto del vencimiento de términos y del olvido del contubernio que los volvería a contratar en otros cargos solemnes para la honra de la nación. Asesinos públicos como Salvador Arana y delincuentes de paño inglés como Diego Palacio y Sabas Pretelt de la Vega fueron premiados con embajadas y cargos diplomáticos en los confines del mundo, frente al espanto de todos.

Quedaba poco tiempo para que la burla y el asco hicieran de esa antigua fusión una hecatombe, y para eso estaría el ministro estelar de la última asfixia, Alberto Carrasquilla, y un embaucador en la silla presidencial para responder a los designios de su jefe peligroso con un último engaño que podía salir bien, una vez más y como siempre. Y aquí estamos todos, consumidos por todas las versiones del horror, condenados al humo de un estrepitoso colapso que no dejará de tronar hasta que esa alta cúpula de la avaricia entienda la dimensión de lo que hizo.

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