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6 Aug 2022 - 5:00 a. m.

El destructor

Termina el prolongado y delirante periodo de Iván Duque; el destructor más eficaz de la historia reciente de Colombia, solo comparable al paralítico y paralizante Andrés Pastrana Arango, que ha ocupado el estatus más alto de la incompetencia con orgullo y engreimiento. Dos grandes demostraciones de ineptitud con efectos catastróficos que su propia falta de talento para la interpretación no alcanza a dimensionar entre el nubarrón de la soberbia. Ahora se va, por la puerta insonora del Palacio, intentando sostener el talante que nunca tuvo, caminando con la seguridad patológica de sus acciones inútiles y sonriendo ante las cámaras como un prohombre ridículo.

Su programa de Gobierno fue el humo creciente, falso y distractor para invisibilizar su única encomienda: destruir un Acuerdo de Paz que fastidiaba a los gamonales prehistóricos que insistían en sostener el tiempo de su dominio desde la sombra. Sus objeciones a la JEP, primeros intentos de sabotaje, tuvieron la respuesta severa de la Corte Constitucional que lo obligó a acatar el tribunal de paz sin evasivas. Un revés que tuvo que sortear con otra bengala ficticia y estrambótica, pero a instancias internacionales: un intento golpista contra Venezuela al que llamó insistentemente en sus alocuciones y entrevistas con el maquillaje lingüístico de un “cerco diplomático” que repetía semana tras semana sin entender muy bien las formas y las posibilidades del peligro. Su sonrisa frívola no podía asimilar que ese capricho distractor podía significar una escalada militar con consecuencias impredecibles y desastrosas para su propia economía incipiente, con una frontera bloqueada y una improvisación a gran escala desde todos los frentes políticos sin profesionalismo, sin sustento, sin concepción ni dimensión de las obligaciones de un Estado. Cuando el tiempo demostró el estrepitoso fracaso de su infantilismo, no le quedó más que revestir sus discursos con la grandilocuencia del complejo: el retorno a las propuestas de una economía naranja siempre incomprensible, mitómana y etérea; el increíble hiperdesarrollo de la industria de Colombia ad portas de convertirse en el Silicon Valley de Latinoamérica; la poderosa custodia del medio ambiente de su gobierno de ecologistas con pactos silenciosos entre el hambre de todas las minerías; su compromiso inquebrantable frente el cambio climático que su política de fracking y extracción abrasiva seguía fomentando con todos los principios del humanismo; su defensa insistente a los líderes sociales que caían como moscas sin que sus instituciones quisieran contabilizar nunca las cifras de la catástrofe para no alarmar a las ONGs del mundo.

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