El pánico colectivo entre las cámaras de la vieja política los hace gemir de histeria y rencor, un día antes de la primera vuelta presidencial. Los clanes, los caciques, los partidos tradicionales de un lobby cíclico y renovado, los caudillos tradicionales de provincia, los patriarcas del centralismo, los inversores acostumbrados a los grandes dividendos en cada cuatrienio de una República a sus pies: todos están unidos ahora bajo las toldas del bando que les puede asegurar la continuidad y la preservación de las arcas públicas que han usado históricamente y sin interrupciones para los pactos y los convenios al margen del país que gobiernan, pero al que juran, con solemnidad y mano en el corazón, defender con toda la honra y los principios.
Saben ahora que los números y las cifras de favorabilidad los han relegado a un segundo lugar que han podido sostener con las ayudas astronómicas del alto empresariado, nervioso por una próxima y posible revisión de sus impuestos. Y las ayudas provienen también de firmas encuestadoras que tienen bajo sus títulos de confianza los intereses económicos que les impide ser suficientemente claros con resultados que las plazas públicas demuestran sin posibilidad a la sospecha. Se han visto, semana tras semana, las convocatorias minúsculas y poco ruidosas del candidato estrella del uribismo, Federico Gutiérrez, en las ciudades en las que creían contar con el fervor de los tiempos en que la pompa patriótica y la seguridad podían asegurarles la victoria emocional entre los votos. Pero ahora los han perdido desde el mismo ejercicio del poder.
Han visto, con pavor, desde sus reuniones en las salas ministeriales y despachos oficiales, junto al hombre de negro y de todas las tácticas desesperadas, J.J Rendón, el auge del candidato adverso que los pone en aprietos públicos con su campaña desbordada de imágenes imposibles de controvertir. Temen, además, que ese mismo argumento visual y comparativo les resulte demasiado avasallador ante los posibles ajustes que el poder intentará ejercer, desde las tácticas diplomáticas de la influencia sobre una Registraduría que debe responder a los intereses del patronazgo. Esa es la tradición que ha demostrado sin disimulo esta pequeña república de pantomimas constitucionales y fachadas retóricas de seriedad.
Ante la posible segunda jornada electoral del 19 de junio, lanzarán toda la furia que les resta entre el desgaste de la autodestrucción. No tienen nada que perder ahora que la imagen diplomática y maquillada que pudieron sostener durante un largo tiempo ha caído estrepitosamente en la evidencia. Si las sumas y los resultados de las esperanzas no alcanzan a ungir a Federico Gutiérrez como el contrincante oficial de Gustavo Petro, enfilarán los bandos y los bastiones con la carta alterna y outsider de Rodolfo Hernández, el empresario que ha develado sus grandes favores pendientes con Uribe Vélez, y ha demostrado la impulsividad populista que la ultraderecha necesita con urgencia para cooptar adeptos desorientados. Todas las opciones políticas del uribismo han sido reciclables en los últimos meses de contienda electoral; también reciclarán, si es necesario, al candidato que han traído hasta aquí entre ínfulas de un hombre del pueblo. Sus cartas están lanzadas ahora, y solo queda entre todas las incógnitas del peligro la postura que tomará el registrador nacional, si aún alcanza a llegar sin una destitución fulminante bajo la carta última y restante del pánico.