El pasado 4 de septiembre finalizó la programación del Festival Internacional de Poesía de Cali. Podría haber sido un festival más en un año común, desde una tradición silente y reducida al círculo sectario de los escritores y a sus burbujas de niebla, si no fuera porque su directora, Betsimar Sepúlveda, decidió extender la programación a todos los sectores posibles de una sociedad fracturada y enferma, dirigir la trascendencia del poder del lenguaje a todas sus dimensiones y desafiar, de paso, la pacatería reaccionaria que se resiste a la propia ebullición de la ciudad y a su cisma profundo. A la programación del festival asistieron militares procesados por la JEP, integrantes de primera línea en el estallido social que hizo de Cali un trueno que aún resuena en los cimientos de esta historia, comunidades marginadas en las orillas de la ciudad oficial, indígenas que volvieron a cruzar las fronteras sin miedo a ser baleados, comunidades afro sin el constante temor a ser delicadamente excluidas, etnias y tribus y pueblos desprotegidos de una historia nacional alterna a las fábulas de la costumbre. Nunca en la historia de la ciudad un festival había atravesado todos los contextos para hacer de un trauma del tiempo una posibilidad real de trascendencia contra los riesgos que pudiera desencadenar esa postura. Por eso no resultan extrañas las amenazas que recibió su directora el lunes 6 de septiembre. La vileza del odiador, un xenófobo perturbado que ha suplantando la identidad de otra víctima, encubre su miedo a la diferencia para dinamitar un evento que ha posibilitado el progreso y la inclusión que no concibe desde su pequeño mundo.
Los escritores invitados recorrieron las calles del oriente, visitaron las zonas tildadas de rojas por una tradición de divisiones delirantes, atravesaron las fronteras que eran invisibles en tiempos extremos y causantes fáciles del fin, terminaron la programación de visita a territorios en la más alta de las zonas de Siloé, después del humo del estigma, y finalizaron la semana desde esa altura con todos los vientos de una ciudad que parecía zumbar el lema oficial del festival: “Todos por una ciudad almada”. Desde allí, los odios podían verse en otras posibilidades serenas de una sociedad que apenas intenta entenderse en sus propios precipicios. Desde esa altura podía dimensionarse mucho más la historia reciente de una implosión humana que no termina de reverberar entre su ruido de extremos y matices. El Festival pudo ser uno más entre voces confusas del lenguaje ante un pequeño círculo, y estuvo frente a todos los rostros sin la soberbia lejana del privilegio de los estetas para la entretención cómoda de los que podían volver a dormir sin hambre y sin mayores dramas para olvidar las estructuras teóricas de una hipérbole. Aun con todos los efectos y las dimensiones humanas del evento, su directora ha sido amenazada. Las instituciones a cargo del caso avanzan en la investigación para dar, otra vez, con el paradero de un nombre entre muchos que se niegan a aceptar que todo es más amplio y diverso que la bajeza del odio y la impotencia vulgar de la cobardía.