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Néstor Humberto Martínez no parece sonreír ahora con la desfachatez infernal como lo hizo frente a Jorge Enrique Pizano el 19 de agosto de 2015 en su despacho, escuchando los pormenores de la corrupción catedralicia al interior de Odebrecht y las coimas que fluían desbordadas desde todos los frentes. Las risotadas del Fiscal frente al controller que ya intuía su propia muerte al estar entre todos los poderes de la delincuencia formal, contrastan con el ceño fruncido y temeroso que demuestra ahora, cuando intenta convencer a la opinión pública de su nombre prístino entre la oscuridad. Ha denunciado en una carta dirigida al embajador de los Estados Unidos encargado en Colombia, Francisco Palmieri, y a Jamie Michelsen, delegada del Departamento de Justicia, la persecución que han orquestado periodistas e investigadores para enlodar su alta reputación y los nombres de otros hombres probos como Francisco Barbosa, su amigo y sucesor en la Fiscal General de la Nación que no ha podido, hasta hoy, avanzar en los casos más sórdidos que señalaban a su otro amigo íntimo en el trono del poder, Iván Duque, y a los entornos ultra poderosos de la tradición en Colombia que no han caído nunca mientras los intereses prevalezcan entre sus nombres y sus huestes.
Y esa ha sido justamente la tradición de los fiscales generales en el país de una larga historia de contubernios entre apellidos de alcurnia, empresas poderosas y lobbies efectivos en los despachos donde todo puede derrumbarse si los debidos favores no llegan puntuales antes de las decisiones trascendentales de la justicia. Las investigaciones y los documentos multiplicados entre la burocracia y la dilatación de un sistema fallido con los índices escandalosos del 90% de impunidad son aprovechados sistemáticamente por jueces y fiscales para explicar la imposibilidad de que ciertos casos de importancia no sean revisados con la prontitud que deberían tener, ni con la efectividad que los tiempos y el cúmulo de expedientes entorpecen. Los malabares de los conflictos de intereses los pueden dirigir con la experticia en largo dominio del desastre de los fallos selectivos, sin otra supervisión que la de sus propios carruseles de togas y nóminas paralelas desde todos los flancos, donde el dinero prevalezca sobre la profesión y el debido proceso que tanto repiten en sus jaculatorias frente a los medios de comunicación.
Es la misma jaculatoria rimbombante que ha repetido en los días recientes el todopoderoso ex fiscal Néstor Humberto Martínez Neira, conocedor del inframundo y de la oscuridad, y malabarista profesional entre despachos, oficinas diplomáticas y juntas directivas de las altas esferas del poder económico donde todo puede simularse y todo puede repetirse entre lo sórdido y lo macabro, y aunque los supervisores de las finanzas caigan de repentes muertos por cianuro sin que nada suceda más allá de una explicación profesional de pureza institucional sobre los cuerpos.
Ya no sonríe igual que cuando lo hacía entre escenarios a favor y poderes de segura custodia si las cosas no salían tan bien como en los planes previstos. Se le ve caminar sin el ritmo de señorío intocable de sus tiempos de soberbia. Ahora intenta escribir cartas a las autoridades norteamericanas para salvar los últimos vestigios de su control. Aun en Colombia, el blindaje más alto y oscuro también puede terminar muy mal.
