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Fantasmas, políticos y rieles

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Juan David Ochoa
11 de febrero de 2023 - 02:00 a. m.
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Perdida en el tiempo y rezagada entre el delirio de una modernidad ajustada a las pequeñas posibilidades que la corrupción permite, Colombia sigue discutiendo la viabilidad de las grandes exigencias de su infraestructura. La retórica de los políticos ha hecho lo suyo con todas las versiones del embuste y la confrontación, y mientras lo salpican todo con egolatría bíblica y excusas técnicas, un siglo ha pasado entre trochas incipientes con peajes deslumbrantes, tramos medianamente funcionales y consorcios con nombres luminosos que han terminado en desiertos interrumpidos por el cemento vencido bajo el sol.

Bogotá ha concentrado todo el efecto de la clase política que, aun fijada en el centralismo de sus privilegios, la han condenado a la catástrofe de proyectos inconclusos por carruseles de contratación, como lo hicieron con la calle 26 en sus cráteres eternos de una guerra olvidada, y una riña vulgar y eterna entre flancos de intereses económicos que han torpedeado todos los estudios adelantados para el metro entre bandos enemigos. De lustro en lustro, las postergaciones y los plazos se ha prolongado hasta alcanzar los límites del desastre en la movilidad de la tercera ciudad más importante de Latinoamérica, sin un metro que debió haber iniciado cuando alcanzó el estatus real de una urbe desbordada.

Pero la tradición del atraso ha estado en la cultura política de Colombia con antecedentes alternos de tiempo interrumpido sin que el sobresalto social haya ido más allá de la resignación. El transporte férreo, que ya había solucionado la comunicación entre ciudades atravesadas por una geografía difícil y contaba con 4.000 kilómetros de líneas y 40 ferrocarriles, lo liquidaron con la frivolidad brutal de funcionarios que firmaron el final del progreso de una nación como el desecho de un contrato sin réditos personales y sin testigos. El final del ferrocarril fue el abismo profundo que representó un atraso industrial de 50 años mientras la apariencia de la modernidad conformó a la confianza en otras vías que parecían funcionales. El silencio ante el fracaso del desarrollo se naturalizó como una derrota más entre la pérdida cíclica de la dignidad que se le ha entregado a la tradición política para que lleve todos los presupuestos públicos a un nuevo desastre y a una nueva desaparición, periodo tras periodo, con las mismas promesas inconclusas de un futuro lejano en el tiempo y posterior a sus candidaturas.

Todavía aparece, de cuando en cuando, Enrique Peñalosa Londoño defendiendo lo indefendible y comparando Transmilenio, el sistema obsoleto y colapsado que inaugró, con el Metro de Londres. Lo hace sin sonrojarse y con el tono de soberbia de quien dice una revelación siempre incomprendida por los seres inferiores a su sacralidad merecedora de una leyenda.

Y allí siguen, también, los políticos de la costumbre lanzándose en la rapiña vulgar sobre un metro del que pretenden aprovechar los réditos de un próximo periodo o una nueva versión de su prestigio. Todos arengando sobre un fantasma que por lo pronto no parece tener los principios mínimos de existencia. La tradición parece resignarse justamente a eso: a la historia fantasmal de grandes historias esfumadas o grandes proyectos que nunca verán la luz de lo posible.

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