La eliminación de la Ley de Garantías en el Congreso solo puede explicarse desde el miedo profundo que tienen el gobierno y sus partidos leales ante la pérdida absoluta de su dominio, ante el desbarajuste de su evangelio y ante la decadencia total de sus soportes. Con la ley ausente, todos podrán sobornar sin restricciones, y esta feria de políticos hambrientos y mezquinos podrá alcanzar los límites de la avaricia hasta la última excitación, y el vértigo por el saqueo de todo lo que existe entre lo que queda de las arcas. Los contratos aparecerán como nunca con presupuestos desbordados, y las nóminas paralelas serán legión junto a los cheques repartidos bajo todas las mesas del lobby. Saben perfectamente bien que esa sucia tradición nacional de impulsar ideologías solo se logra con suntuosos favores recibidos, con cargos públicos regalados al mejor postor y con aprobaciones instantáneas de recursos para proyectos que solo maquillarán la temporada cleptómana más grande que haya conocido esta larga historia del hurto ante la costumbre de todos.
Frente al ascenso del escándalo, lo harán porque no hay nada que perder en el final de esta caída libre del uribismo hacia la última indignidad. Perder el poder y el dominio no les impedirá llevarse todo lo que han decorado en 20 años de imposición solemne entre el delirio de una guerra cumplida y laureada. Los ritos son suyos: las formas solemnes de sus encubrimientos, los protocolos sagrados del lobby, la tradición ultracatólica del cuidado de sus reservas, sus botines, sus ahorros con recursos públicos, sus hectáreas acumuladas, sus baldíos intactos, sus pactos y sus juramentos de respaldo mutuo hasta el final, aunque todo lo demás se rompa.
Seis años atrás, el congresista Iván Duque lanzaba dardos con aura de incorruptible al gobierno de Juan Manuel Santos ante la posibilidad lejana de la eliminación de la Ley de Garantías, que nunca sucedió: “no más mermelada, la Ley de Garantías evita que los recursos públicos se utilicen con fines electorales”. Pero aquí está, ahora como presidente electo, haciendo silencio cómplice ante la aberración cumplida y frente a sus viejas críticas de señor de la rectitud. La compra de votos se hará con toda libertad, ahora que ningún límite ni restricción existe en el amplio panorama de un país hipercorrupto que se jacta ahora de eliminar el único artificio cosmético que tenía el desmadre para que no fuera tan gráfico y tan público. Empieza entonces la feria que necesitaban, abierta y libre, para que todas las formas de lucha hagan lo suyo a su favor y su aniquilación política en el próximo tiempo pueda contenerse desde la bajeza. Mientras tanto, Karen Abudinen ha abandonado el país con rumbo desconocido y los 70 mil millones siguen en el aire y en la estratosfera de las excusas, y Emilio Tapia, desde los muros, sigue intentando con sus abogados estelares otro giro que pueda salvarlo de la deshonra, como salvó esta misma semana el vencimiento de términos al abogánster Diego Cadena, que se esfumará también, entre la niebla y las nubes, de esta larga y sucia historia de la impunidad.