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En debates previos a las consultas del pasado 13 de marzo, las preguntas generales dirigidas a Francia Márquez parecían llevar el hedor de la condescendencia. Un falso trato reverencial por ser el símbolo proveniente de minorías y rostros marginados. Aun así, intentaban reducir su discurso a la fórmula elemental de una lucha de clases para anular las dimensiones de sus argumentos, con los que ha intentado describir los métodos sistemáticos de exclusión y las formas efectivas de ese statu quo de levedad en que se ampara el odio de un establecimiento que sigue intentando defenderse de cualquier intento de reforma.
Sin doblegarse ante el boicot amable de moderadores y entrevistadores con guiones tendenciosos y preestablecidos, respondía con la misma serenidad frente a una historia evidente de segregación que ha definido la vida de comunidades lanzadas a una incertidumbre permanente y a una negación mimetizada por la gracia de una publicidad engañosa de progreso. Su postura frente a los riesgos ambientales y los territorios críticos no tuvo tampoco el interés de micrófonos y atriles generalmente básicos para la trascendencia del tiempo. Parecían más atractivas las bajezas mediáticas de Íngrid Betancourt y sus ataques mezquinos a la intimidad de sus oponentes, o las tácticas exóticas de candidatos que aparecieron proponiendo furia y escándalo con argumentos de humo, o la apariencia fresca de políticos adaptados al populismo más rancio.
La voz de la exclusión y la denuncia no suelen caer muy bien entre los intereses y la tradición, y era de esperarse entonces que los resultados y los números de la consulta del Pacto Histórico fueran otro escándalo más por el estruendoso y rápido ascenso de Francia Márquez en un electorado que parecía dividirse exclusivamente entre la facción predecible de la derecha, bajo el nombre renovado de Federico Gutiérrez, y el sello obvio de la izquierda en la vocería de Gustavo Petro. 800 mil votos en el capital político de Francia definirán las conversaciones al interior de una coalición que, antes de la consulta, parecía liderado por la voz exclusiva de un pensamiento autónomo y distante de sus contrincantes.
Las críticas más sólidas de Márquez las ha dirigido a los excesos de pragmatismo de Petro. Sus acercamientos con César Gaviria y un posible pacto definitorio antes del 29 de mayo representarían un poder empeñado a mediano y largo plazo con el mayor lobista y burócrata oscuro de la política nacional, que en la práctica sostenida será una venta de cargos públicos al mejor postor y un desplome del discurso ético con el que afianzaron una campaña al margen de la decadencia y la podredumbre.
Francia Márquez ha dejado claro que su aspiración no será una vicepresidencia en la conformidad pasiva desde una carrera política emergente, y su talante no ha sido justamente el tradicional de entregar su capital de votos bajo un interés individual. Por eso resulta altamente significativa y poderosa su aparición en la política abierta con un capital asegurado y progresivo, que tendrá una evidente influencia en los comicios de 2026 y en los tiempos próximos, entre el poder o en la oposición ante una posible victoria de Federico Gutiérrez, esa nueva carta de la derecha que unificará sus bloques, sus iglesias y sus cuotas para continuar la defensa de ese inmenso paradigma bancario que no pueden traicionar jamás, aunque deban disfrazar el mismo rostro hasta las últimas posibilidades de la vergüenza.
