Dos hechos peligrosos protagonizaron recientemente el flamante y envalentonado ministro de Defensa, Diego Molano, y el director del Centro Nacional de Memoria Histórica, Darío Acevedo. Entre todo el maremágnum de la autodestrucción, y contra todos los pronósticos de lo imposible, los funcionarios de alta trascendencia del Gobierno Nacional parecen insistir en la espiral del desastre, aunque sus propios nombres queden implicados en el peligro.
En la larga gira por Europa y el Medio Oriente, entre el séquito numeroso de invitados, (funcionarios, ministros, familia, asistentes, secretarios), con disfraces de distintas religiones en cada territorio y palabras retóricas de pactos y compromisos por el futuro de la humanidad, Iván Duque y su gabinete siguieron las recomendaciones de sus asesores de imagen para refrescar la nulidad de su poder. Así buscaban reinventar su fachada ante el mundo. Todo parecía normal y común entre la solemnidad mitómana de la política exterior hasta que el ministro Molano lanzó un comentario con la frivolidad de un civil sin trascendencia ni efectos en el Estado, que representaba a un ministerio de guerra: “Colombia e Israel tienen un enemigo en común: Irán y Hezbolá”. Cuando salió a la luz pública la noticia de esa extravagancia desconectada de la realidad y peligrosa para las relaciones diplomáticas vigentes con Irán, país con embajada permanente en Colombia, nadie lo podía creer. No era posible que un ministro, por lambonería épica, pronunciara una frase con tantos efectos sin percatarse de los peligros. Iván Duque, concentrado en el muro de los lamentos, disfrazado de judío y pidiendo al dios de Abraham por la paz que él mismo traicionó sin importar demasiado las víctimas de su desmonte, no se inmutó ante los nuevos enemigos nucleares que su ministro estrella estaba declarando ante el mundo. Pero tampoco pudo hacer mucho desde su talante pusilánime y su ignorancia profunda de las dimensiones políticas del daño; y su Canciller, siempre ausente, no supo tampoco de la trascendencia hasta que los mismos medios replicaron la noticia que se expandía como una explosión insólita. Querían una gira de impacto para una imagen renovada y terminaron destruyendo lo último que quedaba en la política exterior.
Tendrán que volver a conformarse con el desastre del interior que nunca pudieron dominar ni comprender, y deberán atenderlo desde la responsabilidad oficial del poder que les resta. No sin antes reiterarle al director del Centro Nacional de Memoria Histórica, Darío Acevedo, que su encomienda debe quedar bien hecha: la destrucción de la memoria reciente, la anulación de las víctimas y la eliminación definitiva del concepto del conflicto. Justo y precisamente eso intentó hacer esta semana con la directora del Museo de Memoria, Laura Montoya, quien renunció por las hostilidades crecientes de las directivas del Centro contra su gestión, por considerarla cercana a “sectores adversos”. No podían permitir que alguien intentara investigar más allá de las ordenes claras de un gobierno que niega los muertos y el conflicto aunque todo haya estallado frente a todos los ojos y los cuerpos. Tenían que negarlo hasta el fin y aunque tuvieran que despedir a los funcionarios que intentaran escudriñar en los registros prohibidos. Molano y Acevedo hicieron su número estelar en los días en los que todos deberían demostrar su verdadero talante. Negadores y desconocedores rimbombantes de la historia y del Estado para beneficio de una imagen irreal, antes del fin inexorable del poder que los ha contratado. Una despedida épica de la mayor estulticia gubernamental de la historia.