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La CIDH visita Colombia, y los testimonios empiezan a aparecer públicamente ante los delegados. Los indicadores, por primera vez, tienen rostros humanos, y la presión sobre el Estado empieza a tener los efectos que nunca quisieron los promotores históricos de una inequidad violenta. Las arremetidas, de repente, no resultan tan frontales, y los choques entre las fuerza pública y los manifestantes parecen tener otros matices. Los tanques con cohetes mortales han desaparecido de repente entre el humo y los gases de la cohibición. Una evidencia flagrante del cuidado del Estado ante la comunidad internacional que se encuentra ahora constatando los excesos y los recursos salvajes de la fuerza.
Lo hicieron siempre así, impunemente y sin mayores escándalos. Resultaban cómodos entre los métodos de contención y el silenciamiento estratégico de las ideas que crecían cada vez más contra los ultrajes bancarios, que no son más que los acuerdos internos y secretos con los gobiernos de turno para cuadrar las cajas de los únicos apellidos oficiales mientras todos los demás pueden perderse en el abismo del anonimato y de la indignidad. Las palabras de Marta Lucía Ramírez ante la visita de la comisión son simplemente eso: una ratificación del ultraje al no reconocer lo obvio y reafirmarse en la estigmatización de la protesta como un ataque gratuito al poder sin argumentos históricos. El relato gubernamental es un insulto a la asfixia de cientos de miles de familias que entre el desespero y el agravio no tuvieron más opciones que exponerse al peligro en las calles donde todo se difumina entre el caos de los infiltrados y los salvajes, entregándose a la perdición definitiva o a la prisión por falsos positivos judiciales, una constante en esta tradición de amaños para favorecer los intereses de una Fiscalía perdida en el desprestigio de la indecencia. No tenían otras opciones alternas a la mentira en una visita que podría trascender a otros escenarios si el esclarecimiento de los abusos se hace más hondo y abierto. Aceptarlo sería ajeno a la condición infame de un gobierno acostumbrado a la evasión y a las buenas maneras del lenguaje con acciones violentas bajo la mesa. No aceptarán nunca sus excesos, y no harán caer jamás a los altos alfiles del servilismo entre sus doctrinas. Mentirán hasta el final, hasta donde sea posible y manejable entre las tácticas del maquillaje y la falsedad, y si las cosas resultan progresivamente adversas, moverán ministros en enroques, y ajustarán los cargos a su medida y a su conveniencia. Tienen ya el camino despejado de Miguel Ceballos, el reciente paladín caído que fungía como falso comisionado para la Paz, y ha quedado libre también la embajada de los Estados Unidos ocupada por tanto tiempo por el inepto y siempre frívolo Francisco Santos Calderón, quien deja su cargo después de ser ignorado por sus propios copartidarios cuando quiso organizarles una cena de desagravio por sus recientes traiciones y su lavada pública de manos al no reconocer los juegos internos en la campaña de Trump. Las cartas de Vargas Lleras empezarán a jugar ahora que necesitan una alianza entre el abismo profundo. Mientras tanto seguirán mintiendo sin pudor, bajo el humo de los gases y el olor de este suburbio aún sin comprender.
