Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Sin herencias políticas, sin legados claros, sin soportes de un Estado de derecho para el próximo Gobierno, el presidente Duque empieza a despedirse de su cuatrienio en el poder sin tener muy clara la dimensión del cargo que ha ocupado con gestos de improvisación y espanto, aunque su voz y su postura corporal parezcan las de un político seguro de lo que hace, y aunque crea que sus frases retóricas y sus lugares comunes son suficientes para dirigir una República que, por cierto, ahora está más cerca del precipicio por su obstinación en la destrucción de los acuerdos de paz y de la inclusión de los sectores que le siguen exigiendo atención en el nuevo tiempo de la historia. Pero no solo hace silencio cómplice con el desmoronamiento de todo lo que existe bajo su sombra. Ahora también, desconociendo los mínimos detalles de sus funciones, recomienda políticos para el próximo futuro y reparte guiños a discreción y sin matices en un juego superficial y peligroso sobre las leyes, sobre la Constitución y sobre todas las formas. No tiene capital político alguno para hacerlo, pero aunque lo tuviera no lo podría hacer por los impedimentos naturales de un jefe de Estado en toda democracia que se ufane de su decencia. Claro está que la decencia no abunda en sus intereses mezquinos de selectividad, ni en las intenciones humanas de sus funciones trascendentales. Saben que pueden hacer lo que quieran mientras la Fiscalía General y la Procuraduría obedezcan exclusivamente a sus órdenes y reproduzcan únicamente sus deseos legales de sobrevivencia. Por eso apareció sin rubor el presidente en entrevista con la revista Semana, su oficina alterna de prensa, para hablar de las bondades políticas y humanas de Federico Gutiérrez, Enrique Peñalosa y Alejandro Char, nombres afines a su causa, que no es la de él, porque solo está allí obedeciendo sin chistar las órdenes de un jefe supremo que dirige el tiempo desde el pasado y montando sus caballos de exhibición y furia.
No dijo nada más en su entrevista organizada solo para matizar escándalos, repetir obviedades y lanzar desde el delirio a sus alfiles que creen que un guiño presidencial tiene el poder que necesitan. Una locura colectiva desde despachos que fueron ocupados sin méritos y sin conocimientos mínimos de la legalidad estatal. Una feria de errores sin supervisión y sin instituciones funcionales. Una historia que sigue explayándose en un escándalo monumental de frivolidad y excesos sin que nada suceda más allá de una quejumbre ritual y de los protocolos de un debido proceso que no alcanza a llegar a las instancias más altas del poder porque el vencimiento de términos es más fuerte que toda la estructura del Estado. El presidente y su cúpula lo saben, y aprovechan cada vez que pueden la anarquía a su favor para feriar lo último que queda entre las normas y salvar una pequeña porción de ese poder que han perdido progresivamente desde que el rostro que pusieron allí para fungir de estadista lo echó todo al basural y al traste.
