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Jesurún: amateur poderoso

Juan David Ochoa

29 de octubre de 2022 - 12:01 a. m.

La selección de Colombia femenina sub 17, contra la babeante rabia machista del poder institucional y la precariedad de incentivos económicos, ha alcanzado la última instancia del mundial en la India. Nunca antes un equipo colombiano ha alcanzado una final en un torneo de esta dimensión organizado por la FIFA, ni entre los incentivos astronómicos de la selección masculina que ha tenido desde siempre y por tradición naturalizada todos los focos de atención y los flujos y patrocinios que han sobrepasado en intereses al propio talento.

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Mientras avanzaban en las primeras instancias de eliminatorias, los poderosos directivos de la Federación Colombiana de Fútbol se veían nerviosos. Sabían, desde mucho antes de la atención mediática ante la selección femenina de menores y mayores, que su posible ascenso progresivo iba a significar una atención directa en los manejos y las formas como han dirigido el deporte desde la exclusión y el desprecio. Pero Ramón Jesurún, el todopoderoso y disecado presidente en el trono de la Federación desde el 2015, no ha sabido disimular su misoginia intentando contrarrestar la discusión sobre la inequidad evidente, tildando de amateur el equipo que ahora tiene la ovación del mundo. Su amabilidad cosmética se adapta ahora, por supuesto, a la obligatoria sobrevivencia entre los rendimientos económicos que le dan las mujeres que ha insultado desde el privilegio de su trono de varón con suerte.

Los dirigentes retardatarios siguen matizando su tono reaccionario y defensivo con matices incomprensibles de técnicas deportivas. Lo siguen haciendo aún después de que la selección femenina de mayores había empezado a hacer gestos públicos de protesta años atrás, levantando los puños durante el himno nacional como un gesto simbólico contra la misma institución que las deshonra. Isabela Echeverry y Yorely Rincón fueron silenciadas negándoles su continuidad en el equipo para contener el maremágnum de indignación que sabían que sería sistemático y progresivo. Le sigue pareciendo natural a la cúpula de la Federación que un equipo de hombres reciba entre 10 y 30 veces más en sus salarios, con la única justificación exótica de pertenecer a la tradición de un deporte fundado por su propio género. Un argumento de pensadores amateur que repite el Todopoderoso Jesurún desde su balcón de hombre reacio a entender las dimensiones del tiempo al que intenta repeler con la soberbia de un cobarde, mientras defiende sin escepticismo una liga oficial y excluyente que ha enlodado su historia reciente entre los escándalos sucios de bajezas deportivas y pactos secretos donde solo ha importado el poder de maletines con dólares relucientes.

Sin una liga nacional femenina, por estricto deseo y voluntad de quienes dirigen el deporte desde la caverna, y con el rentable negocio de una liga masculina que sobrepasa las intenciones estrictamente deportivas, Ramon Jesurum intenta ahora sonreír como un caradura adjudicándose el aplauso de un equipo que ha hecho todo lo impensable desde la soledad, frente a la misoginia y el repudio de los hombres que ahora pretenden reconocerlas única y exclusivamente por el interés que les deja el renombre y los réditos del momento. Mañana, si la victoria total es de ellas, aparecerán con el paternalismo y la condescendencia conocidas para adorarlas con los dedos cruzados de la ruindad.

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