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Dice Alberto Carrasquilla Barrera, en sus habituales análisis estratosféricos y ajenos a toda la brutalidad real, que el país solo tiene caja disponible para seis o siete semanas más, antes de que la bancarrota prenda sus alarmas. Con ese alarmismo dramático de tecnócrata al que se le debe creer por sumisión dogmática, pretende atenuar el escándalo de la reforma tributaria que se acerca como otro nubarrón sobre las clases marginadas, y el partido de gobierno, en otra táctica de malabar, pretende dar la imagen dividida con indignados al interior de sus huestes ante los impuestos. Es una obviedad que Álvaro Uribe, capataz permanente del país y figura representativa del poder ante los bancos, es quien aprueba los acuerdos y cede ante la permanente presión de los potentados económicos, y es natural que su bancada, fiel a su religión, apruebe lo que dice la palabra evangélica de su señor en silencio, aunque en público deban algunos posar como filántropos negados a entender los nuevos ultrajes para ajustar los abismos fiscales que se abren cada vez más entre el desangre de la corrupción y la evasión de impuestos. El viejo truco de la complejidad para matizar los efectos de una aberración.
Sobre todo el absurdo imaginable, se reunieron entre semana el presidente incompetente y el hijo del patrón, como una cumbre de alta trascendencia política sobre las conveniencias y los ajustes de la reforma. Después de la salida de Tomás del Palacio, donde creció y aprendió las dimensiones y los límites extendidos del poder, el comunicado de prensa se dirigió, como un efecto cosmético y conmovedor, al ministro de Hacienda para sugerirle mejorías y arreglos a los nuevos impuestos sobre los productos básicos. Un efectismo previsible pero surreal, al provenir de dos absolutos desconocedores del país en las dimensiones y en los territorios que nunca han atravesado, por las tradiciones de esas élites enquistadas en sus burbujas de cifras y números sin humanos. Por eso dijo el ministro Carrasquilla, sin sonrojarse, que la caja del país solo tiene fondos para seis o siete semanas más, después de haber aprobado el gasto público de $14 billones para 24 aviones de guerra. Sus frases dramáticas para sensibilizar sobre los altos peligros de una cartera que se agota, después de conceder el gasto en soberanos insultos a la dignidad nacional, solo pueden emitirse desde la sociopatía. Aunque ellos crean únicamente en sus tablas insondables de Excel desde sus oficinas ministeriales, lejos de la luz, hay otra nación que ya los reconoce y sabe leer los libretos políticos del show antes de una nueva violencia decretada por ley. Por eso mismo cambiaron el nombre de la reforma tributaria a una “financiación por la pandemia”. Lo dijo Duque en sus habituales frases con tono de inocencia sacramental, aunque todo arda alrededor de su nombre.
La reforma se aprobará con los ajustes sugeridos en esa escena teatral de un diálogo por el bien de los desfavorecidos. Ahora, orgullosos de su benevolencia, anuncian un recorte de productos que pensaban gravar en la versión anterior, y el matizaje sigue, el maquillaje continúa, mientras se firma lo que debe firmarse para la honra y la salud bancarias.
