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26 Nov 2022 - 5:01 a. m.

La mesa de Caracas

José Felix Laufaurie, antiguo archienemigo del progresismo y de los nombres que hoy dirigen el nuevo tiempo desde el poder, ha aceptado la invitación de Gustavo Petro para conformar la mesa de negociación con el Eln. En una foto impensable y utópica, aparece junto a Pablo Beltrán caminando al ritmo de la delegación que inició conversaciones formales el pasado 22 de noviembre en Caracas. Las reacciones, desde todos los flancos, eran predecibles. Les parece imposible y denigrante que el nombre que estuvo tras los intereses oscuros de la Fedegan entre las tierras de un país sin ley desde los tiempos anárquicos sea ahora un rostro visible de un Gobierno elegido por ideas alternas, y les parece más indigno aún que las franjas de las ideas resulten ahora tan líquidas y tan borrosas en una mesa con la delicadeza y la fragilidad de una negociación con los cerebros del comando central, tan radicalizados en la solemnidad de sus teorías del mundo. Pero esos mismos voceros de la indignación profunda habían repetido hasta el cansancio la conveniencia de la Paz Total, tiempo después de la elección presidencial que tuvo en su discurso el objetivo único y principal de afianzarla con toda la complejidad de los recursos. La designación de Lafaurie en la mesa de Caracas es a todas luces un vínculo que trasciende la simple estrategia para acercar sectores radicalizados y permitir los avances de una negociación intensa y difícil. Más intensa y difícil que la negociación concluida con las antiguas Farc, aunque parezca lo contrario por el reducido poderío militar y presencial del Eln en las regiones del país. El rostro de la cuota de los ganaderos en la mesa es, también, un gesto para alcanzar la paz política que estuvo empantanada entre ataques injustificados de soberbia y desprecio en una década paralizada por todos los sectores del resentimiento.

El riesgo y el costo de la decisión es alto, por supuesto. Es una clara representación del uribismo en decisiones de trascendencia sobre la posesión de tierras y los acuerdos estructurales de la reparación, pero sabe el Gobierno que es la vía de una posición estadista frente a una historia que no puede trascender sin vincular los sectores que hablarían desde las antípodas, desde otra guerra silenciosa y sin regulación, como una afrenta más sobre el tiempo que no admite más dilataciones sobre la sangre, mientras en el sur del país otros grupos armados al margen continúan masacrando y disparando a discreción entre comunidades vulnerables y entre el silencio casi cómplice de la opinión nacional, que parece no resultarle tan grave ahora el desastre de esa continuidad en territorios olvidados.

El futuro de la negociación dependerá de los acercamientos entre el extremo romanticismo de una guerrilla que ejerce su pulso y presión con los muertos solemnes de su historia (Camilo Torres- El cura Perez) y la mesa de un Gobierno que sabe que tendrá un tiempo reducido para finalizar y cerrar acuerdos concretos. Aunque el escenario parezca ahora favorable, el peligro de la solemnidad de los voceros del Eln no es un augurio de finales prósperos. Las características de la organización no son las mismas que las de grupos armados tradicionales. Su operatividad no responde estricatemte a una estructura piramidal de mando, sino a un cerebros dividios y fragmentados en divisiones internas y profundas que han evidenciado en intentos anteriores de diplomacia. La nueva unión de antiguos adversarios políticos en la mesa del Estado podrá significar el acierto que otros instancias bajo el boicot de partidos enemigos no habrían podido afianzar.

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