Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Julia Miranda, la última funcionaria con alta decencia comprobada entre los titulares públicos del gobierno de todos los derrumbes, se ha ido presionada por los intereses acumulados de quienes vieron su larga gestión de 16 años al frente de la dirección de Parques Nacionales como un fastidio insoportable y prolongado a los grandes proyectos en las zonas protegidas que le restan a este país saqueado. Fueron muchas las razones molestas de su nombre ante los inversionistas ávidos de terrenos que significan, desde siempre, ganancias invaluables y multiplicaciones del poder representado nuevamente en tierras y más tierras para acaparar el poder ilimitado con el que se negocia y se aseguran todos los pactos.
Bajo su nombre y su cargo, el sistema tuvo una ampliación de 49 a 59 parques y una resistencia innegociable al lobby brutal que lo quería todo; los páramos, las reservas, las últimas sombras de los terrenos sagrados y la última grieta de los desiertos. Hicieron lo imposible por doblegar el resguardo: presiones entre los nombres elegidos del Congreso, solicitudes de reuniones con intereses generales, propaganda negra y todas las tácticas de disuasión, y bajo el mismo manto del desespero, los grupos armados sin nombre intervinieron para exterminar, uno a uno, los defensores de las reservas y los terrenos estratégicos. Frente a toda esa marea del crimen y la avaricia impúdica y delincuencial, Julia Miranda defendió su cargo y los parques que habían aumentado sustancialmente en su resguardo. Sin mayores explicaciones públicas, y entre el silencio mediático de otros escándalos, el ministerio de ambiente pidió su renuncia para ubicar en su reemplazo a Orlando Molano, exdirector del Instituto Distrital de Recreación y Deporte, sin experiencia alguna en el sector ambiental y un claro comodín manipulable de un lobby que esperaba justo este momento para abalanzarse sobre todas las opciones de construcción. El modelo Peñalosa ingresa ahora a un cargo que estuvo dirigido durante los últimos 60 años por nombres que, mal o bien, tenían suficiente experiencia y dominio en las complejidades del ambientalismo para responder ante las problemáticas y las amenazas de una guerra que buscaba todas las reservas para resguardarse entre sus bloques bifurcados de enemigos. Después de ese humo y de ese estruendo que lo relegaba todo a la última importancia, quedaron los amenazantes bloques inermes y diplomáticos de los negociadores de la construcción en territorios prohibidos y enriquecedores que esperaban también la liberación para posicionar sus nuevos poderíos. Así lo han hecho, sin mucho escándalo y sin tanto ruido, en las distintas épocas de una naturaleza que estaba siendo arrasada por todos los frentes, aprovechando la indignación mediática que causaban los grupos armados ilegales y los enemigos más visibles de un desastre general.
Los Parques Nacionales quedarán ahora bajo la dirección de un desconocedor público de ese enorme imperio reservado, y esa nueva modalidad del poder a cargo del alto empresariado de la explotación natural estará al frente del tiempo con el desenfreno de los pactos postergados por los lobbies que adelantaron durante tanto tiempo los acuerdos. La última gran molestia de un gobierno de cuotas atrasadas se ha ido. La subasta ha empezado con el tiempo en contra y grandes potentados listos para firmar.
