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18 Dec 2021 - 5:00 a. m.

Lágrimas extrañas

Con lágrimas y voz de congoja profunda y entrecortada, la alcaldesa Claudia López ha reaccionado ante el informe de la ONU sobre los excesos brutales de la Policía en las protestas del 9 de septiembre de 2020 en Bogotá. Una llamarada de crímenes y abusos cometidos bajo las cámaras y las sombras que se extendió hasta el 21 de septiembre, cuando los cuerpos empezaron a desbordarse entre las cifras y el espanto y la violencia alcanzó los titulares internacionales sin maquillaje. Dice la alcaldesa en su declaración que el informe es doloroso hasta el alma y necesario para salvaguardar y recomponer la democracia. Lo extraño de su pesadumbre pública y su dolor es que no haya entendido en los días iniciales del incendio que el desborde colectivo en la ciudad, dramático y desgarrador, fue causado por la tortura y el asesinato de Javier Ordoñez en el CAI de Villa Luz, sin una inmediata reprimenda institucional y sin la trascendencia que la escena ameritaba.

La violencia fue general y abierta, pero no hubo reacciones lógicas de los funcionarios de una alcaldía con lemas humanistas para detener la catástrofe, y no eran necesarios informes detallados en ese desborde inicial para interpretar el abuso evidente de la Policía. Las escenas macabras aparecían en videos como pruebas reinas para todos, y las emociones empezaron a estallar en esa combustión de furia hasta que no hubo tácticas posibles de contención. Los informes posteriores eran necesarios para determinar las responsabilidades individuales en el desastre y ampliar la comunicación frente a los hechos que tenían. Además, había antecedentes sociales de una ciudad devastada por la burla y la inequidad. Entre esa histeria de impotencia y rabia, la institución con monopolio de la fuerza hizo su escena apocalíptica de represión hasta que no quedara ningún vestigio de inconformismo.

La reacción de Claudia López no fue precisamente adecuada ni empática cuando la evidencia era extremadamente visible. La falla fue total y estruendosa, de principio a fin: desde la ciudad y su gobernanza hasta el Estado, representado por un presidente patético y pusilánime que, después de la humareda de la destrucción, decidió disfrazarse de policía y respaldar sobre el calor los muertos a los agentes del sector involucrados en todos los excesos, sin que hubiera venido nunca de ellos un mínimo intento de demagogia estratégica ante el escándalo. La respuesta de los altos mandos sigue siendo la misma ante la autoría intelectual de disparar a discreción con sevicia y sin temblor: nadie sabe quién les habló en todos los radioteléfonos de la ciudad para una ejecución de tantas dimensiones sin cuestionamientos. Frente a tanto ruido y tanto desprestigio, el respaldo total de los entes de control les ha permitido hacer silencio cómodo, aunque la culpa siga en el centro del escudo y de sus lemas de solemnidad.

Una corta y honesta reacción medianamente humana ante la obviedad de los abusos habría permitido una efímera calma entre la explosión del odio y una pragmática demostración de la congoja, más efectiva y real que las lágrimas tardías ante un informe que todos pudieron notar en su momento con un nivel de detalle escalofriante. Pero dejaron que el incendio arrasara con el mismo delirio del prestigio, con lo poco que le quedaba a ese orgullo para imponer autoridad. Decidieron, contra todas las posibles transformaciones de una imagen cuestionada, cambiar el color del uniforme a un tono moderno y europeísta, aunque los códigos de acción no tengan precisamente la altura de sus pretensiones.

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