El flamante fiscal general de la Nación, Francisco Barbosa Delgado, no solo sigue levantando su cerviz de prohombre infalible y todopoderoso al mando de las investigaciones de toda la putrefacción repitiendo su teoría sobre los contradictores de su gestión impecable, llamándolos “delincuentes parapetados” que solo intentan destruirlo con las alianzas oscuras del hampa. Con esa misma pose de espíritu incomprendido y brillante, levitando sobre todas las bajezas humanas de la corrupción, ha dejado permanentemente en el olvido las pruebas visibles y los testimonios de Aida Merlano contra el clan Char, apellido empresarial y ultrapoderoso, aliado indiscutible de los intereses del gobierno que la Fiscalía General ha defendido por la lealtad de una antigua amistad y por los grandes favores recibidos. Según sus pesquisas, no hay pruebas suficientes para que las investigaciones que iniciaron desde tiempos prudenciales hayan concluido con una sola certeza, y ha insistido en que Merlano solo ha dicho generalidades sin sustento.
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El apellido intimidante de la costa norte, con el control absoluto de la región desde todos los tiempos, tiene extrañamente una sola voz que los aflige desde otra latitud y desde el odio más puro para destruirlos. Tal vez el fiscal general sigue buscando algo extravagante y puntual, entre la obviedad conocida por todos, para darle manejo a un escándalo mayúsculo ante la presión mediática, que debe atender sin evasivas. Pero ante la obviedad flagrante tampoco ha demostrado la eficacia que su institución se ha ufanado en mostrar en casos alternos, con evidencias públicas no tan notorias, pero igual de mediáticas como esta historia truculenta de romance y oscuridad sobre una nube de coimas que el Atlántico ha padecido y naturalizado entre la intimidación y la amenaza. Solo a Francisco Barbosa le sigue pareciendo que no existe ningún indicio real para adelantar un proceso medianamente serio contra un apellido forjado entre el lobby más duro y el clientelismo más sórdido; solo al prohombre de todas las proezas y todos los títulos, el fiscal más sólido del continente, según sus propias palabras de modestia, se le ocurre seguir de largo con toda naturalidad frente a la humareda llameante del Clan que ha definido la historia moderna de la política, desde el caciquismo y los pactos departamentales de los apellidos de tradición, aunque el talento político sea siempre ausente y la última virtud entre todos los acuerdos.
Frente a las denuncias lanzadas por Aida Merlano, con detalles macabros de fratricidios y corrupción hasta el más alto nivel de las posibilidades, no ha dicho nada tampoco el presidente, que ha insistido desde su posesión en un lema de gobierno, siempre traicionado, contra mermeladas y sobornos que denunciaron tanto contra el gobierno anterior al que quisieron destruir desde todas las formas del moralismo. Ahora la tormenta política que se hace cada vez más pública sobre la candidatura de Alex Char y Equipo por Colombia, alianzas indiscutibles de una posible reelección del uribismo junto a todos los bloques y clanes, les parece una pequeña anécdota sin importancia para nombrarla en sus ruidosos comunicados de prensa para el saneamiento del futuro. Saben muy bien que necesitarán los grandes fondos del clan que hace cuatro años les permitió llegar al trono después de haber traicionado a Vargas Lleras en su propio bastión. Intentarán hacer el máximo y profundo silencio entre la tormenta. Tendrán la Fiscalía a sus pies para que nada ni nadie los pueda destruir antes del día del juicio.