La única acción pragmática de Iván Duque, en una nueva semana bajo la tormenta, ha sido elegir a Marta Lucía Ramírez en la cancillería después de que Claudia Blum dejó su cargo en el aire entre la catástrofe y el desprestigio. Lo necesitaba con urgencia para seguir entregándole al mundo el informe que solo existe en su delirio y en su obstinación de reyezuelo al borde del abismo. Y ahí está, desde otro cargo alterno, porque también sigue fungiendo en la vicepresidencia su talento para la nulidad retórica, la misma funcionaria que ha permanecido a la sombra de Uribe Vélez desde siempre, aunque sus cargos no tengan ningún efecto real.
Ante todo el ruido y el desbarrancadero de las calles, más allá de su refugio en el palacio presidencial, no tiene interés alguno en atenderlos. Le sigue pareciendo extraño que todo sea una masiva demostración de inconformidad contra su nombre y su postura frívola entre el horror, no puede creer aún que entre las teorías de conspiración formuladas por su equipo de comunicaciones exista una debacle social que le reclama una respuesta de estadista. Tampoco tiene esa altura para reconocerlo, por supuesto, ni el conocimiento profundo del país para entender la dimensión que apenas sospecha desde sus grandes ventanas que dejan apenas traspasar la luz del día como un vitral. Se ha dedicado a refugiarse, una vez más por temor, como lo ha hecho innumerables veces en los años de su mandato sin diálogo con nadie, lejos del ruido y del olor de esos sectores del país que manoseó en campaña para convencerlos de la redención bajo su nombre. El Comité del Paro denuncia la negligencia de la mesa del Gobierno para reconocer los abusos evidentes de la fuerza pública y los excesos del poder sobre las manifestaciones que reclaman, por fin, una mínima decencia y una respuesta real a los que están en las últimas orillas del marginamiento. Siguen creyendo en Palacio que tienen tiempo y espacio para seguir enviando las versiones subjetivas de sus partes de tranquilidad en sus canales oficiales, y en tiempos en que la televisión está en las últimas opciones de elección en las generaciones que decidieron parar esa vieja tradición que los estaba asfixiando. El delirio de sus posturas es suicida y peligroso, y no contentos con la destrucción progresiva de sus silencios, quieren boicotear las alcaldías que no tienen a su servicio para salvar las arcas económicas que tenían a su orden cuando ese antiguo régimen demostraba su poder en todos los territorios del Estado que ahora han perdido. Pareciera que la furia y la violencia son las últimas cartas del Gobierno a un año de perder escandalosamente su vigencia en el tiempo. O simularán muy bien, como lo han sabido hacer desde siempre, una repentina intención de diálogo, se tomarán las fotos, apagarán el incendio internacional que los señala, y volverán a incumplirlo todo hasta las últimas posibilidades de maniobra en el poder. Allí, estarán, siempre serviles y dispuestos a la farsa, César Gaviria y los carroñeros profesionales de la diplomacia para enviar un mensaje de unión desde la última sombra de la derrota.