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El recién posicionado ministro de Defensa, Diego Molano, parece desconocerlo todo: el antecedente de Guillermo Botero, quien tuvo que renunciar por el escándalo del bombardeo a menores de edad en Caquetá sin argumentos que lo salvaran del horror, y las precisiones del derecho internacional humanitario con menores que, a todas luces y por el mínimo sentido común entre una guerra de reclutados, resultan víctimas de una realidad atroz que no pueden dimensionar ni comprender para tomar partido. El ministro ha llamado a los menores bombardeados como “máquinas de guerra” que merecen el exterminio para la salvaguarda de todos, sin preguntarse un momento por su condición de víctimas en esa espiral asqueante de la guerra en territorios donde el Estado no ha aparecido jamás.
Su condición de ministro presionado para dar resultados óptimos ante la cuota gubernamental parece llevarlo, como a todo el gabinete, a justificar lo injustificable por la defensa de su cargo y, peor aún, por la defensa de la retórica guerrerista de un Gobierno que no puede atender nada más que sus intereses mezquinos en indicadores que solo pueden aumentar con número de muertos. No les ha bastado ni les ha sido suficiente el escándalo mundial por los excesos con los crímenes de Estado durante los periodos más turbios, no dan explicaciones y parece importarles muy poco las implicaciones ante la Corte Penal Internacional. Han pasado de evadir a justificar los excesos para salvar una “patria” que solo existe en sus delirios solemnes de esplendor, sin que el diálogo exista entre sus opciones y alternativas posibles. Para eso está allí entonces, una vez más, la vocería de un Ministerio de Defensa al que quisieran llamar como en sus años de arcaísmo estrictamente militarista: Ministerio de Guerra.
No solo incumplen con las normativas internacionales y con un mínimo de humanidad en sus discursos, ahora todos los ministerios, desesperados por la inminente derrota de esa comarca mental del uribismo que sigue autodestruyéndose con sus dogmas y negacionismos, se empeñan en afianzar sus teorías más sórdidas para alentar las ultimas emociones de sus votantes que esperan una reelección de ese mundo que solo queda entre la propaganda y la demencia. Contra toda la realidad y las evidencias, siguen teniendo la lealtad insistente de la Fiscalía General, órgano que investigará los contextos del bombardeo en cuestión y dará las conclusiones correspondientes. Por eso se siente excesivamente confiado el ministro Molano cuando dice, en horario estelar y ante un medio masivo, que los menores de edad presentes en el campamento de Gentil Duarte, murieron en su ley por ser máquinas de guerra preparadas para matar, sin ningún tipo de temblor ni nerviosismo. Hasta a esos últimos niveles de la excentricidad ha llegado el gabinete ministerial del presidente que tampoco sabe todavía para qué está allí, ni las competencias y límites que debe obedecer como imagen representativa del Estado. Desconocen todas las obligaciones legales de un Estado de derecho y las normativas básicas de los derechos humanos. Están allí para decir lo que saben que pueden decir sin repercusiones ni consecuencias. Hacen lo que hacen porque saben que siguen contando con la custodia de los organismos rendidos a sus pies, aunque se desplome el mundo.
