Las ciudades principales se incendian, la inseguridad colapsa, los efectos de un trastorno político y social siguen estallando en todos los frentes. No hay presidente ni estadista entre la soledad, pero una moneda se imprimirá con bordes de oro para el recuerdo y la memoria del Gobierno ante las postrimerías del tiempo. Un Gobierno inepto negado a morir con todos los recursos del ridículo y de la fuerza, con la conciencia profunda de la defunción, desde la intimidad del poder hasta la última frontera del país desconocido. Lo hacían los emperadores demenciales de la antigua Roma cuando querían demostrar ante la eternidad el extremo poder y el dominio de su efigie sobre su mundo, aunque todo ardiera a sus pies y aunque la realidad demostrara lo contrario. Solo quedaba el efectismo y la imagen poderosamente ficticia que podía prevalecer como una fábula: Calígula y su caballo cónsul entre el desastre de ingobernabilidad, Nerón y sus monedas y sus colosos y sus palacios de oro, Caracalla y sus universos de entretenimiento para aplacar sus desastres. Roma es el universo y el espejo de la política del mundo, y es el reflejo de los límites de los políticos en sus versiones más torpes y rastreras.
La oficina de prensa del Palacio de Nariño ha dicho que no, que las monedas no son ese escándalo monumental de derroche sobre un país desfalcado, y no son un gasto innecesario de remembranza lanzado el mismo día de la sanción de la nueva reforma tributaria que hiere todavía todas las llagas de una catástrofe, pero lo es, aunque no sea precisamente una moneda que circulará masivamente en todas las calles, como un insulto en todas las manos, tiene toda la dimensión de una burla en los tiempos en que se ordenan y se emiten. Saben perfectamente bien que su imagen está en las últimas posibilidades de la vergüenza, pero insisten en que la reivindicación de su nombre quede bordada con oro para el recuerdo. Es una afrenta más y otro desafío frente a la rabia ardiente que aún no termina, y persiste con suficientes razones para prolongarse. Pero vuelven y repiten que el gasto no es tan oneroso, y que incluso los gobiernos anteriores gastaron mucho más en escándalos similares sin que les haya salido tan caro en imagen y prestigio. No pueden tener otro argumento y otra justificación más allá de las comparaciones de su odio y eso los supera en vileza entre la misma historia del horror. Sienten que tienen la patente de corso para superarse en la excentricidad más sórdida porque la historia es sórdida y todo ha estado permitido sobre los límites de lo posible. Y allí está otra versión renovada de la fábula: la memoria del peor gobierno de la historia en monedas de oro: en una cara la imagen de la Casa de Nariño como un lugar mítico y legendario y en la otra la firma de Iván Duque Márquez. Ya que su firma no quedó en ninguna ley a favor de un país miserable, quedará en la eternidad de la ficción de su inmenso poder para su pequeño y acomplejado nombre entre el error y la catástrofe.