El reporte y las recomendaciones de la Comisión interamericana de Derechos Humanos finalmente se hicieron públicos, y el presidente toma el comunicado como una intromisión y un exceso sobre sus territorios. Con rostro compungido y teatral, dice que nadie puede recomendarle a un país tolerar la criminalidad. Lo dice así, con ese tono de indignación absurda con la que intenta matizar desde el gesto lo que nunca ha podido hacer desde sus acciones. Sabía que el reporte resultaría contrario a sus delirios y a sus esperanzas infundadas para la honra de su imagen, pero resultó ser más grande el inconveniente que ya estaba posicionado sobre el exceso de su poder sin posibilidades a la redención ni a la postergación de otros sofismas. Ahora la Comisión hará monitoreo del cumplimiento de esas recomendaciones en el territorio, con la evidencia de los poderes que se niegan a separar ante los designios de un político que sigue dirigiéndolo todo desde la sombra sin ningún pudor y sin ninguna atención posible a las víctimas de los excesos de la brutalidad del Estado.
Las recomendaciones, que van desde la urgente separación del Esmad y de la policía ante el ministerio de Defensa y un reemplazo civil para el control del orden público, hasta el grave llamado de atención por cifras extrañas entregadas por la Fiscalía General en los días críticos de la explosión social, no pueden ser omitidas tan fácilmente por un jefe de Estado que se hizo elegir bajo el juramento de la Constitución, repitiendo la gravedad de su violación por intereses mezquinos. Pero allí está, tranquilo y confiado de su exceso gestual para amedrentar una comisión internacional con frases de aprendiz de dictador sin ningún efecto más allá del maquillaje interno, porque no puede tener otro resultado posible su teatralidad entre un escándalo de tantas dimensiones históricas y estructurales. Las instituciones ahora en Colombia obedecen las órdenes de su partido, aunque las víctimas se acumulen sobre su nombre y su desprestigio y sigan cayendo alrededor de su terquedad. Las cifras reales desbordan sus comunicados oficiales, los intereses partidistas sobrepasan las leyes y la diplomacia, y los efectos de esa destrucción son devastadores para los territorios que ya tenían, desde mucho tiempo atrás, la orfandad de un Estado que solo ha querido salvar las arcas de sus pequeños dominios y apellidos puros con recursos públicos, y más allá del horror y del espanto silencioso y frío de una democracia dinamitada, persiste la alianza cómplice del lobby mediático que les queda a su servicio, pretendiendo comunicar lo imposible y lo inverosímil con todas las formas y los recursos de la fábula.
No hay posibilidad alguna de contrarrestar las recomendaciones de la Comisión desde el poder, pero sus alternativas son tan básicas como sus posibilidades de gestión y su poco talento para gobernar en términos prácticos, más allá de la retórica y del chiste. Sobre su pusilanimidad insistente seguirán, rodeándolo con lobby y cuotas burocráticas, los copartidarios que siguen embaucando incautos con la retórica vulgar de su partido y la defensa canallesca de sus mentiras.