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El embajador de Estados Unidos en Colombia, Philip Goldberg, ha empezado a coordinar sus directrices reuniéndose con el presidente de la JEP y ha sido claro y contundente en su respaldo a los avances de la institución sobre la historia desconocida de la guerra. Esa anécdota tan simple tiene la carga simbólica de las urgencias que tiene ahora el nuevo poder del norte ante el panorama y la realidad de un país que sigue desbarrancándose en las cifras inhumanas de la muerte y la autodestrucción, aunque el Acuerdo de Paz se haya firmado con todos los contextos de una efectividad posible.
El Acuerdo tuvo en ese entonces los espaldarazos y los respaldos económicos del gabinete de Obama, el mismo que ahora ha retornado al poder para continuar lo que está desbaratando el Centro Democrático con sus obsesiones y obligaciones de sobrevivencia entre los cobros que les hace la historia. Lo hicieron, confiados siempre y obstinados, con el respaldo de Trump y sus maniobras disparatadas de destructor ególatra. Juraron erradicar los cultivos ilícitos y los indicadores molestos para esa imagen prístina de un país poderoso que perdía, además, millones y millones de dólares en esa fuga que les arranca el narcotráfico en Colombia. Pero el juramento no solo no se cumplió con las altas expectativas que prometió el presidente Duque con sus arranques de confianza vergonzosa y exótica, sino que los cultivos siguieron creciendo exorbitantemente en todos los territorios en que el Estado no hizo presencia, por ineptitud y desidia, durante el tiempo posterior a la desmovilización de las Farc. Quedaron en el círculo vicioso de la ineficacia por sus obligaciones secretas de evitar el progreso histórico de un posconflicto y sus persecuciones cosméticas contra cultivadores que solo pueden vivir de lo que queda en un país sin futuro. Pero allí están, todavía, elevando el pecho con promesas incumplidas y victorias de humo contra un enemigo que sobrepasó hace décadas las posibilidades de combatirlo y eliminarlo. Los territorios los desbordaron por simple y llana incompetencia estatal y el fenómeno sigue reproduciendo sus estrategias acordes a las implementadas por los acuerdos inútiles de los Estados que se niegan a entender una obviedad histórica. Y mientras siguen en esa obsesión estúpida, después de un giro histórico en el panorama internacional, el embajador de los Estados Unidos, a quien quisieran tener en sus despachos para los pactos y las alianzas urgentes, se reúne con el presidente de la entidad que siguen pretendiendo destruir a toda costa sin que les importe demasiado las consecuencias. Y queda claro cada vez más cuales son los únicos intereses de un gobierno que perdió todos su norte y sus posibilidades de seguir argumentando su prolongación en el poder. Su legitimidad ahora se concentra en la perversa intención de arrasar con todo lo que afiance la posibilidad de la verdad entre la guerra que agigantaron desde sus púlpitos de resentimiento y deliro por una victoria imposible. La guerra contra las drogas también resultó imposible, y los intentos por desprestigiar los avances de la JEP resultó igual. No les queda más que seguir mintiendo y deslegitimando todo lo que existe, incluso la credencial del inconveniente nuevo embajador de los Estados Unidos en Colombia.
