En tiempos de éxodos, orfandad y desarraigo, Afganistán cumple ahora con un final anunciado. La ocupación de veinte años en su territorio y el radicalismo agigantado de los talibanes, esperando la retirada lógica de sus enemigos desde las sombras del país, hizo estallar la realidad con la furia del odio y la anarquía de una estructura política abandonada. Los traductores afganos que sirvieron en la comunicación de las tropas estadounidenses, los ingenieros que trabajaron en los cargos de una industria naciente, los contratistas de ONG, los oficiales del ejército afgano que no tuvieron otra opción que trabajar junto a los ocupantes que los libraron de otro desastre letal, las mujeres que ocuparon todos los cargos posibles y vivieron la transición entre el yugo de la ley islámica y la semilibertad de un imperio con otros códigos de conducta, huyeron en aviones militares antes de la caza talibán en todas las dimensiones de esa tierra que ha atravesado todas las guerras y los cismas: los muyahidines, los comunistas, Al Qaeda y sus líderes resguardados, los talibanes en el poder y su posterior colapso entre las botas de Occidente y el desastre de una desocupación sin aviso para verse, otra vez, ocupados por los fusiles de la venganza y las imposiciones precopernicanas de la nulidad.
Biden, también con justas razones entre la complejidad y el caos, retira las tropas de una ocupación con argumentos sospechosos después del 11S y de esa caza de brujas sin mayores certezas ante enemigos visibles. Y allí está, progresivo y frente a todos, el éxodo masivo de un país destruido por todos los frentes con el tiempo limitado de una retirada antes de las decisiones drásticas de un grupo terrorista en el poder. Los países dependientes y sumisos a las órdenes máximas del norte deben obedecer entonces sin evasivas. Iván Duque acepta la orden del recibimiento de afganos en su territorio no por humanismo, ni por altura empática, ni por comprensión del mundo. Nada de eso lo ha demostrado en los antecedentes de su gobierno ante los desastres humanos del país en el que ostenta el poder. Lo hace por ser el representante legal de un país empeñado, y el Estado tendrá que hacerlo con las logísticas carentes de eficacia y gestión con grandes sumas de dinero que seguramente se evaporarán entre las cifras extrañas de otros reportes y evidencias. Mientras tanto, la xenofobia colombiana vuelve a encender sus alaridos de indignación mientras rechazan, con orgullo patriótico y gemidos de solemnidad patética, la llegada de otro éxodo al país por simple y llana repulsión a la diferencia. Aunque sea una imposición, el recibimiento de los que huyen de un desastre humanitario es lo mínimo que puede hacer un país que conoce muy bien el desarraigo y la orfandad, y ha conocido desde siempre el horror de una migración forzada por los ultrajes de la violencia.
El populismo desde todas las antípodas empezará hacer su versión de campaña manoseando el dolor y utilizando los réditos de ese lejano fenómeno para hacer lo que mejor saben cuando no quedan argumento en la mesa: frivolidad y reduccionismo.