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Política del show

Juan David Ochoa

19 de febrero de 2021 - 10:00 p. m.

Una semana más ha sido suficiente para que el Gobierno demuestre de nuevo el talante exclusivo del espectáculo. Su interés ridículo por el ruido, la pompa y la solemnidad sobrepasan su propia obligación de cumplir los estándares mínimos de un resultado serio. A falta de las gestiones urgentes para las que fue nombrado, el fiscal general, Francisco Barbosa, ha dirigido toda su atención a la ventaja electoral del candidato de izquierda Andrés Arauz en Ecuador. En una intromisión nauseabunda en soberanías ajenas, voló en su estrambótico avión privado a entregar las pruebas extrañas que dice tener en su poder para contrarrestar la decisión de un país al que nunca ha sido llamado. No se ha visto al fiscal general sobrevolar las regiones de su país incendiado con el mismo interés por contrarrestar el crimen y el infierno de las bandas y los grupos armados que azotan todas las fronteras, salvo para aterrizar con su familia en sus islas predilectas de turismo. Sus discursos megalómanos de alta gestión siguen sin cuadrar con la ausencia absoluta de resultados contundentes sobre la infiltración de la mafia en la campaña de su amigo de infancia, el presidente de esta república de exabruptos sin fin que lo puso allí por razones obvias. Pero para todo lo demás y para todo lo ajeno a los intereses del país en que no puede actuar, es el mejor fiscal de la historia moderna. Así se definió en los días posteriores a su posesión y así sigue erguido y caminando con su pose de funcionario estrella, con sus gafas oscuras de leyenda del espionaje internacional y su mirada solemne de superdotado incomprendido. Una pericia que saldrá muy mal, como todas las aventuras de un Gobierno que ha pretendido boicotear las elecciones del continente, hasta atreverse a hacerlo, imbuidos en la demencia, en las elecciones de los Estados Unidos con la venia y la gestión del también delirante Francisco Santos Calderón, que sigue silencioso y escondido después del bochornoso espectáculo en que terminó implicado por entrometido y vulgar, con graves consecuencias para el propio gabinete que representa.

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Pareciera que el interés permanente de todos los funcionarios de este poder estuviera dirigido a la autodestrucción de las mínimas bases de la diplomacia. Todas las acciones y las estrategias resultan contraproducentes a su imagen, todas contradicen sus discursos de ética prosopopéyica, todo resulta ajeno y distante a este país que sigue atragantado por el desastre. Pero, aunque el panorama esté dispuesto y justo para demostrar una mínima decencia pragmática, el presidente ha actuado una vez más esta semana como un payaso insuperable recibiendo una dosis mínima de vacunas con todo el aparataje publicitario del poder como si fuera el logro más grande de un funcionario público en el último siglo. La triste y patética concepción de su inutilidad lo llevó al extremo de montar un espectáculo con un contrato al que estaba obligado a cumplir con los fondos del erario público. No es un favor, no es una proeza, no es una gestión plausible y memorable, pero celebra estrepitosamente y crea toda una atmósfera de triunfalismo encandilante para demostrar una mínima acción entre toda la nulidad de su poder. Mantendrá la política del show como su único talento hasta que el propio peso de su invisibilidad termine con su periodo y su memoria.

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