Luiz Inácio Lula da Silva ha sido elegido en el país más influyente de América del Sur; su tercera elección en una historia siempre al borde del último estallido y la última posibilidad. La economía más poderosa de la región que estuvo dirigida en los últimos años pendulares del radicalismo por un dogmático y un pistolero ufanado del poder de las armas al cinto y de la negación a la ciencia y a todo lo evidente que intentara salvar el mundo. Bajo su sombra paralitica y paralizante se incendió el Amazonas entre intereses criminales que supo negar hasta el fin, hasta que la mentira y el embuste sistemático cayeron bajo la votación mayoritaria al otro lado del péndulo. La izquierda ha vuelto al poder y unirá sus propuestas al discurso hegemónico de la región que, salvo Ecuador, Paraguay y Uruguay, tiene ahora el panorama propicio y cercano para convenios estratégicos y alianzas que trasciendan las exigencias locales de sus territorios.
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La integración de proyectos a escala continental tendrá la exigencia en el próximo cuatrienio para lograr una mínima visión estructural de países que se acercan más que los mismos países europeos que lograron la formalización de una moneda común y un vínculo que les ha permitido el sustento entre eventos que podrían haber significado la catástrofe y el hundimiento en otra historia del horror y de la incertidumbre. La Unión Europea, aún entre los grandes abismos y errores difíciles de solventar, es otra escala de integración y confianza que han podido entender los mandatarios sucesivos, aunque no pertezcan estrictamente a las consignas humanistas de la unión. Solo Boris Johnson pudo atreverse a prender el fuego de la desintegración en el mismo momento en que todo empezaba a desequilibrarse, y allí están, prendidos de un hilo en el viento, intentando no derrumbarse con sus reyes y sus protocolos solemnes de etiqueta y sus museos relucientes y sus báculos sagrados y sus leyendas de papel hasta el último desastre. Ese espejo al otro lado del mar, sumo en una guerra creciente hacia dimensiones desconocidas del espanto, tiene el reflejo en el cono sur de un continente sistemáticamente destrozado por élites que pudieron sostener el privilegio de la invisibilidad hasta que todo desbordó las posibilidades de la costumbre, y los estallidos sociales se sucedieron, uno a uno, y las democracias aún en su fragilidad pudieron derrumbar la tradición del dominio que parecía eterno.
Si la izquierda, reconocida por sus guerras fratricidas y sus suicidios célebres no entiende el momento y el escenario de la historia para reorganizar los bloques de acción en nuevas cumbres que intenten acercarse a las soluciones truncadas por todos los tropiezos conocidos, el ciclo del tiempo volverá a la tradición de los apellidos que han dirigido la historia desde su experticia, convenciendo una vez más a sus bastiones de los peligros en la improvisación de una política sin trayectoria que acude a los discursos humanos para autodestruirse. Ese discurso del engaño es fácil y perfecto para los políticos que intentarán destrozar la continuidad de ese escenario en que el péndulo parece favorable para decisiones integrales, pero todo estará aun por verse en los próximos tiempos en que aparecerá, también, la lucha ególatra de los protagonistas de este péndulo a favor con el que intentarán dirigir su epopeya ideal. Ese escenario lo esperan, con impaciencia, los carroñeros en la sombra que saben muy bien cómo dirigir las palabras cuando los errores de la inexperiencia salgan a la luz.