Debates de precandidatos han empezado a emitirse mucho antes de los tiempos habituales, y la baraja de los nombres ha empezado a publicarse entre la oficialidad y los secretos de los partidos, desesperados por posicionar sus banderas entre la incertidumbre de los tiempos recientes. En los atriles hablan con poses de políticos confiados en su retórica ajustada a los intereses internos, sin que les importe demasiado la trascendencia ni la viabilidad de sus proyectos. Entre ellos están el teórico predecible y perdido de la nueva seguridad, Federico Gutiérrez; el eterno bipolar y esquizoide Enrique Peñalosa; el gris Juan Manuel Galán; Sergio Fajardo, el nebuloso; y Rodolfo Hernández, el histérico y zapateador de furia permanente. El número de precandidatos es largo entre la tradición de nombres que responden a los dogmas convenientes de sus marcas y, extrañamente, no aparecen los precandidatos a los que les molesta el establecimiento.
La audiencia de los debates no tiene aún los indicadores que pretenden los desesperados partidos al borde de la quiebra y del abismo, pero allí han aparecido, uniformes y equilibrados en sus opiniones tradicionales sobre la economía, la salud, la seguridad y la vida. Saben que el país se resiste aún a los cambios drásticos de una moral vigente desde los años inaugurales de la colonia, y que una opinión alternativa al prejuicio de las masas le significaría una caída libre al ostracismo y a la anulación definitiva de sus nombres, construidos sobre la niebla de la insignificancia. Lo saben todos, incluido el representante de la alternancia medianamente real, Gustavo Petro, quien ha tenido que modificar su discurso y adaptarse a las buenas formas de la moral con los temas candentes que sabe que le afectarían en imagen ante los próximos tiempos rudos. Estratégicamente debe decir que no es un candidato proaborto para calmar las aguas que moverán en su contra los custodios de la república bíblica. Saben todos que los fieles numerosos de las iglesias de garajes y hangares superan lo inimaginable, y que en fechas electorales salen con todas las logísticas ordenadas de movilización para marcar a su nueva esperanza contra el auge del progresismo que deben detener para salvar la sacralidad divina de la historia. Así que el populismo no es solo una evidencia de los partidos tradicionales, que siguen levantando sus banderas de colores por un futuro que siguen sin reconocer entre lo obvio, sino que está presente en todo el espectro general de la política, que debe ajustarse, por cálculo y temor, a las presiones sociales del país tercermundista al que pretenden dirigir con los mínimos principios de sus recelos y sus convencionalismos. Los debates próximos a aparecer con toda la pompa de lo definitivo y lo trascendental tendrá ese espectáculo atronador: candidatos prometiendo salvar lo poco que queda de la “decencia” y de los valores morales de ese viejo país que se resiste al mundo, aunque en sus trasfondos esté todo el pantano maloliente de la tradición corrupta, y los que temen a los indicadores que les terminen de arrebatar sus posibilidades de gobierno, negándose a aceptar sus convicciones por temor a la lapidación.