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Jorge Robledo y Sergio Fajardo desaparecen de la historia política. Su estrepitosa derrota entre los flancos ideológicos de la tradición renegada y el progresismo los dejaron en los escombros de la nulidad, pero ya habían quemado las naves mucho tiempo atrás, cuando pudieron demostrar con hechos lo que sus discursos pomposos y románticos parecían alzar los altos lemas de un compromiso innegociable. La fatalidad de sus tiempos fue dinamitada por voluntad, y por esa extraña tendencia a la autodestrucción cuando optaron por negarse a actuar mientras el país ardía en momentos en los que sus palabras tenían que evidenciarse entre certezas. Robledo lo demostró cuando decidió elegir el voto en blanco en el instante en que se decidía la continuidad del proceso de paz o la destrucción de esa posibilidad con los arranques oscuros del uribismo. Sabía que ese voto en blanco era un escupitajo indiferente a las víctimas del conflicto y a las poblaciones inermes que esperaban un mínimo giro histórico, las mismas que habían confiado en sus discursos de seriedad y coherencia, las mismas que en ese momento de incertidumbre se sintieron traicionadas por su egolatría interpartidista. Podía estar a la altura de las circunstancias sobre sus intereses, pero prefirió la pose del orgullo ante la historia que ahora lo recuerda más como un político minúsculo negado a entender las dimensiones del tiempo.
Fajardo destruyó su propia imagen con más celeridad y masoquismo. El candidato-profesor abandonó a los estudiantes en la crisis de la educación en que todo parecía perderse para siempre entre los pactos de la burocracia y el saqueo público. Pudo haber abanderado el momento para representarlos con la veracidad coyuntural de sus palabras, pero todo era retórica y comodidad. Desapareció de la acción para resguardarse en el refugio del miedo, implorando calma desde su escritorio mientras todo seguía estallando hasta niveles inciertos, como sucedió en la escala leve del horror hasta la temporada electoral en que decidió, definitivamente y acordé al talante de su espíritu, fugarse al mar para prescindir de las presiones de un país semidestruido y negarse a presenciarlo.
La soberbia y la mezquindad fueron siempre más fuertes que sus posturas, más hondas que sus decisiones, y pretendían ahora, en el último plazo de las candidaturas al margen de un Gobierno destructor, afianzar el poder de la credibilidad sin tomar una posición suficientemente clara y con el carácter necesario para nivelar las cargas frente al Pacto Histórico. Los románticos fatales pretendieron que podían alcanzar nuevamente la renovación con las palabras vacías de esa retórica que los lanzó a la evidencia pública de la incompetencia.
Solo les faltaba un último acto en el sainete incomprensible: entregarse a la nueva oportunidad bajo el nuevo posible poder absolutorio de Rodolfo Hernandez, el candidato hiperpopulista y peligroso que pretende gobernar con el ultraje y el golpe insistente sobre el tablero de la ley y el orden para obtener un último cargo de influencia y una mínima visibilidad en sus eternas búsquedas del cómodo provecho.
